El coraje de pensar
Hemos tenido una legión de pensadores, muchos de ellos quedaron ocultos bajo el mando de una visión dominante. Uno de ellos es Jauretche.
Somos hijos del tiempo, de la historia, de la cultura, y miramos el mundo que nos toca transitar cargados de las luces y las sombras de las miradas que nos precedieron. Pero tenemos nuestros propios ojos para intentar atravesar la espesura de nuestra condición humana y de nuestras circunstancias como habitantes de un presente fugaz y como partes de un todo que se nutre de la marcha colectiva.
Pensar, tratar de entender nuestro lugar en el cosmos y en la Tierra, de entendernos a nosotros mismos, ha sido nuestra virtud como especie y nuestro gran desafío como hombres. Y en el avanzar bajo el sol de las ideas, acaso lo más difícil haya sido y sea siempre pensar no a la sombra de otros pensamientos, sino en la búsqueda de una luz nueva.
Es que las ideas, una determinada versión del mundo y del ordenamiento social, son una contundente fuerza de poder y su imposición ha sido y es una manera de establecer la distribución de roles, privilegios y recursos. Por eso, cerrar los caminos a los cambios es un modo de sostener un esquema.
La generación de pensamiento propio tienes que ver, además, con entender un lugar en el mundo, es decir con atreverse a ver más allá de las instrucciones para ver que proviene de miradas interesadas en mantener un estado de cosas.
Mucho sabemos de esto en América y en particular en la Argentina, donde para andar nuestro rumbo independiente tomamos ideas prestadas y a veces las reinterpretamos, pero otras veces, es posible que en la mayoría de los casos, las repetimos sin digerirlas.
Claro que también hemos tenido una legión de pensadores propios, aunque muchas veces quedaron ocultos bajo el manto de la versión dominante. Uno de ellos fue Arturo Jauretche, una audaz razón nacional de cuya muerte se cumplen hoy 40 años.
Quizá fue un gesto piadoso del destino el hecho de que le tocara morir el 25 de mayo de 1974: el destino lo alivió de asistir al peor abismo en el que se hundió el país, y de ver cómo fue despedazado lo que había sido construido con conciencia nacional, incluido el pensamiento del cual él había sido uno de los grandes arquitectos.
Junto a una generación brillante en la que estaban Raúl Scalabrini Ortiz y Homero Manzi, fundó el legendario grupo Forja (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). “Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, decían. Jauretche tenía un extraordinario olfato para reconocer por dónde pasaba el caudal de la lucha nacional y popular, y a partir de su reflexión y su acción, fue una especie de enlace entre el yrigoyenismo y el peronismo, como la conciencia que conectaba a los dos movimientos.
Puesto a repensar el país desde nuestro lugar en el mundo y no con recetas importadas hechas para analizar realidades diferentes, y desafiando a la institución del pensamiento argentino y a sus cancerberos (el establishment y la intelligentsia), transitó el revisionismo para revelar una versión diferente a la diseñada para “impedir que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional”.
Jauretche también apuntó a las frases que acuñaron “verdades” interesadas, a las que calificó de “zonceras argentinas”, e identificó como “la madre que las parió a todas” a la que dice “civilización o barbarie”. “Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar”, dijo. Fue un argentino apasionado y lúcido como pocos, y tuvo coraje, valentía intelectual para pensar el país desde adentro, desde la visión y los intereses argentinos.

