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El animal que ríe

La mayoría de los simuladores no nos convencen con su risa forzada, porque el párpado inferior permanece inmutable mientras esquivan la mirada. Arnaldo Pérez Wat.

02 de julio de 2012 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat, Periodista
El animal que ríe

La risa puede ser de la boca para afuera, como la del cortesano obsecuente. Sincera, como la del niño inocente. O de la boca para adentro, como la del heredero de una cuantiosa fortuna que, ante el féretro de su difunto benefactor, llora con lágrimas de cocodrilo. La mayoría de los simuladores no nos convencen con su risa forzada, porque el párpado inferior permanece inmutable mientras esquivan la mirada. En la risa sincera, natural, dicho borde inferior se expande, el ojo ya no es un semicírculo y, además, la mirada se hace recta.Siempre nos reímos de algo. El escolástico Francisco Suárez, en De anima , establece que la risa es admiración por una cosa no seria o baladí; que, por eso, cuando nos hacemos cosquillas a nosotros mismos no nos reímos, porque falta la admiración.Esto último ya lo vio Aristóteles en su Poética , pues si falta la comunicación no nos reímos, porque la risa es un hecho social. Y, en efecto, si entramos en un cine que ofrece una película cómica, con tres o cuatro espectadores, se ríe poco y nada.El efecto social de la comicidad resulta palmario. Frente al poder de la risa, nadie se siente bien defendido. La risa corrige: por temor a ella, se ocultan las excentricidades y se disimulan los defectos y los vicios.Los primitivos reían, cantaban y danzaban juntos. Con el auge de las comunicaciones sociales, desde mediados del siglo pasado, ya algunos filmes cómicos traen grabado el momento en que corresponde reír. Pero la claque es vieja: Nerón tenía ya su conjunto de unos cinco mil aplaudidores. El colmo va llegando a su límite cuando uno solo ríe e indica al público cuándo debe reír de sus tonteras.Así, de los espectáculos cómicos hemos ido a parar a la TV que gasta mucha electricidad en debates ficticios y peleas armadas con vistas a la autopromoción. Aquí los objetivos van desde la exigencia del rating hasta la necesidad de manipulación de las masas mediante un conductor.Volvamos al principio. El hombre es el único animal que ríe. Los animales no ríen, pero lloran. Y muchas veces el hombre se ríe por no llorar. Este mecanismo de defensa se palpa, por ejemplo, ante el miedo.Se canta o se silba en la oscuridad; asimismo, ante una cesantía. Cuando están despidiendo obreros en alguna fábrica, suele verse a los operarios esperando que se abra el portón para ingresar. Uno de ellos hace de humorista y a la distancia le grita al que va llegando: "Che, aquí hay una carta documento para vos". Y estallan las carcajadas.Es que en las épocas de crisis, la gente ríe tanto como en las de abundancia; aunque hay instantes en que ni individual ni colectivamente se oyen risas, como en el hundimiento de un barco o en un fuerte temblor de tierra.Los humoristas no existían en la Edad Antigua ni en la Media. Aparecieron con las grandes depresiones industriales, cuando capitalistas inhumanos y políticos deshonestos acostumbraron a las masas a esperar soluciones y a no contar con ellas.Además, el humorista, por su parte, comenzó a insinuar que no es bueno sentarse a esperar al hombre providencial que lo arregla todo por sí solo.En ese sentido, Carlos Raúl Ortiz, genial humorista gráfico de este diario, nunca dejó de jugar con sus viñetas humorísticas en las épocas buenas y en las malas.Cuando los hombres se mostraron tristes, para recordar que siempre es hermoso reír, pues se impone una sana evasión. Y en épocas difíciles, en momentos de atropellos, para llamar la atención del opresor.