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El alma partida

Entonces (y ahora), se hacía difícil proclamar que el afecto seguía en pie cuando el ídolo Carlos Monzón se había transformado en un criminal, juzgado y condenado. 

05 de enero de 2014 a las 02:21 p. m.
El alma partida

Son tantas las veces que uno siente que el corazón no se pone de acuerdo con la razón... Y hasta es posible que se intente apelar a una instancia superior, como si fuera un recurso judicial, y entonces aparece la idea del alma, como la integridad de la suma de los unos que habitamos en uno. Y tantas veces el resultado es el alma partida, porque no hay conciliación posible. Algo así es lo que dicen que sienten los exiliados cuando hablan de sus dos patrias. O acaso, también, lo que se siente cuando se ama lo que hace daño, o a quien lo provoca. El próximo miércoles se cumplirán 19 años de la muerte de Carlos Monzón, el gran campeón del mundo de boxeo (para muchos, el mejor boxeador argentino) que quedó tendido sobre el pasto, despedido del automóvil en el que una tarde de domingo regresaba a la prisión donde cumplía la pena por haber asesinado a Alicia Muñiz, excompañera y madre de su último hijo. Le faltaba apenas un año para recuperar la libertad. “Los pueblos necesitan tener héroes contemporáneos; no hay un país que escape a esa regla”, dijo alguna vez Mario Vargas Llosa. Pero aquí la idolatría tiene otro precio: a menudo ocurre que los defectos opacan las virtudes y nuestros ídolos, de gestores de la felicidad colectiva, pasan a ser fuente de tristeza nacional. Por eso, entonces (y ahora), se hacía difícil proclamar que el afecto seguía en pie cuando el ídolo se había transformado en un criminal, juzgado y condenado. Para más, su crimen representó toda una bisagra legal y cultural: fue lo que se conoce ahora como un femicidio, de la manera más cruda. Su caso fue paradigmático para cumplir la parábola del “cabecita negra” que sale a la luz e irremediablemente vuelve a las sombras, como vaticinan los que sobreviven en la penumbra. Pero también los puso al desnudo: había entonces, y hay ahora, quienes no se conformaban con el juicio y castigo sino que pedían más y que se indignaron cuando el pueblo santafesino, escuchando a su corazón, siguió al cortejo gritando “¡Dale, campeón!” A Monzón se le exigía ferocidad salvaje en la pelea (“¡Matalo, Carlos, matalo!”) y después, cuando se vestía de ciudadano, se le pedía corrección y buenos modales, que asumiera el rol del ídolo y espejo con responsabilidad. Como si fuera tan fácil sostener el equilibrio al pasar de la miseria a la abundancia, de las morochas del barrio a las rubias emplumadas de la porteña calle Corrientes, del vino agrio al champán frappé del Lido de París. “La relación entre la pobreza y el boxeo ha sido reconocida, pero nadie sugiere la abolición de la pobreza como medio para abolir el boxeo”, escribió la pensadora estadounidense Joyce Carol Oates. Al final, acaso todo esto no sea más que una excusa para contar un recuerdo: el del día que le ganó al italiano “Nino” Benvenutti. Aquella tarde de noviembre de 1970, todos los chicos de la cuadra salimos a la calle saltando de alegría, y al grito de Mon-zón Mon-zón nos fuimos juntando en la esquina. Después, como siempre, nos cobijamos en el campito, pero esta vez ni nos acordamos de la pelota. Nos tendimos en el pasto debajo de uno de los arcos hechos con troncos y nos pusimos a repasar la pelea. Estábamos felices: nos parecía sensacional que Monzón fuera argentino como nosotros o, mejor, que nosotros fuéramos argentinos como Monzón. Lástima que empezó a anochecer; hubiéramos querido que la eternidad se detuviera ahí. Pero no pudo ser, ni para nosotros ni para Monzón.