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Una política para la ganadería

La caída en el consumo y en la rentabi­lidad de la cadena de la carne debería ser un llamado de atención para que el Gobierno nacional ejecute un plan en serio para recuperar la ganadería.

26 de febrero de 2013 a las 12:01 a. m.
Una política para la ganadería

Las señales del mercado son suficientemente claras sobre la crisis en la ganadería para que el Gobierno nacional decida atender las urgencias del sector y realice una lectura correcta de cómo revertir este fenómeno.

La Argentina ostentó hasta décadas atrás un lugar privilegiado en el comercio mundial de carnes, en tanto sus productos eran apetecidos por los principales mercados. Sin embargo, políticas erradas, pero fácilmente aprobadas por el aplauso de políticos profesionales, terminaron por colocar a la cría, la industrialización y el consumo en los peores lugares. Ante el retroceso del país, los mercados externos fueron conquistados por Brasil y Uruguay, entre otros productores.

La declinación comenzó a acentuarse a partir de 2006, cuando el expresidente Néstor Kirchner –acompañado por Guillermo Moreno– decidió intervenir en el mercado ante una suba estacional de los precios. A partir de allí, de una u otra forma, el Gobierno envió señales contrarias al desarrollo de la ganadería y de la libertad de precios para el sector, lo que llevó a miles de productores a desprenderse de sus planteles, tirar abajo los alambrados y concentrarse en la agricultura, que ofrecía –y ofrece– mejores rendimientos.

La errada política ganadera alentó el desmantelamiento de los planteles en las principales zonas de cría, arrinconándola en áreas marginales, con menor producción. Una crisis similar atraviesa la lechería.

La acción del Estado determinó que los estancieros liquidaran unas 12 millones de cabezas (cuatro millones se perdieron en Córdoba), con lo cual el stock retrocedió a los niveles que tenía una década atrás. Y como la ganadería tiene una mayor necesidad de mano de obra que la agricultura, y tiene además fuerte impacto en la cadena frigorífica, la crisis determinó la pérdida de 12 mil puestos de trabajo, fruto del cierre de unos 100 establecimientos.

Una menor producción debió encarecer los cortes, pero esto no se produjo debido a la caída del poder adquisitivo de quienes poseen ingresos fijos por la elevada inflación, con lo cual las pérdidas debieron ser asumidas por las bocas de venta, los transportistas y las industrias, con los resultados ya conocidos.

Un nuevo plan ganadero tendría que atender tanto las necesidades de los productores y de 
la industria frigorífica como la de los consu­midores.

El principal alimento de los argentinos dejó de estar en el menú de millones de platos al retroceder el consumo de 69,5 kilos anuales por persona en 2007 a sólo 58,7 kilos durante el año anterior.

La ocasional recuperación de los precios del ganado en pie no se sostendrá con un mercado deprimido y sin recuperar las exportaciones a los países que pagan los mejores precios, por lo que urge aplicar un plan ganadero alejado de las recetas populistas y del aplauso fácil.