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Un poder en destrucción

Con su inactividad, los senadores nacionales destruyen uno de los poderes del Estado.

11 de abril de 2010 a las 12:01 a. m.
Un poder en destrucción

Y a es intolerable. El Senado de la Nación lleva más de cuatro meses sin sesionar. Está hundido en malabares con el quórum, con mucho de irresponsabilidad y un infantilismo atribuible en gran medida a la inmadurez política de la mayoría de sus miembros. La que pudiera ser considerada la última sesión normal se realizó el 2 de diciembre de 2009, cuando la mayoría oficialista impuso una reforma política contra la opinión de los opositores, que la rechazaron por considerar que afectaba a los partidos minoritarios, cuya supervivencia quedaba a partir de entonces seriamente condicionada.

Desde aquel día de diciembre, lo que siguió fue un sórdido manipuleo del quórum. El hecho de que la oposición tenga la exigua mayoría de un voto basta ya para que cualquier ausencia intempestiva, como las que se están haciendo hábito en el ex presidente Carlos Menem, posibilite que el oficialismo se aferre al arbitrio matemático reglamentario para frustrar los debates. Actitud perfectamente comprensible en sus integrantes, que durante seis largos años impusieron la fuerza del número para sancionar proyectos de leyes enviados siempre por el Poder Ejecutivo, a veces votándolos a libro cerrado.

No puede sorprender que durante todo ese dilatado sexenio, el Senado de la Nación fuese nada más que una mera dependencia ("escribanía", según la difundida expresión) de la Casa Rosada. Si antes no tenían independencia para debatir, ahora carecen además de voluntad para hacerlo, porque la independencia sigue hipotecada al hegemonismo del ex presidente Néstor Kirchner.

La pérdida de la mayoría absoluta, luego de las elecciones del 28 de junio último, no supuso cambio alguno en el oficialismo. Alejado de la realidad, juega con los números cada vez más negativos de la realidad socioeconómica del país.

A la inmoralidad de percibir una elevada remuneración aunque no cumplen con su deber (las reuniones de algunas comisiones no compensan la inactividad), suman la incapacidad manifiesta para desarrollar un debate digno. El intercambio de agravios e imputaciones, que parece ser el único estilo parlamentario que se permiten los senadores, es lo exactamente opuesto a una genuina y creativa labor legislativa. Peor aún, no sólo han fracasado como legisladores, sino también como docentes cívicos.

En el pasado, los senadores eran llamados Padres de la Patria, porque cumplían con su misión de aportar al ordenamiento y, al mismo tiempo, contribuían a la formación política de la ciudadanía. Los actuales están muy lejos de alcanzar aquella honrosa categoría.

Oficialistas y opositores son claramente destituyentes, porque están destruyendo el Poder Legislativo, uno de los poderes del Estado, precisamente el que tiene la mayor capacidad de representatividad de los intereses de las provincias que integran el país federal.