Tremenda violencia escolar
La violencia en las escuelas y colegios, que también viene de afuera, es responsabilidad de todos: de los maestros y directores, de los padres, de la sociedad y del Estado.
La violencia y la inseguridad se han convertido en el problema que más preocupa y afecta a los argentinos, como lo dicen todas las encuestas y lo señala la crónica diaria. Y no es sólo la violencia marginal, la que viene de las villas de emergencia y que está directamente asociada con el desempleo, la pobreza y la indigencia. Ni tampoco es sólo la violencia a la salida de los boliches o de los bailes populares, durante la noche o al despuntar la madrugada, o la que se desata en los asaltos a domicilios particulares, comercios o bancos.
Hay otra violencia que ocurre a la luz del día y cuyos protagonistas tienen poco o nada de marginales, y que a veces pertenecen a los sectores medios o altos. Es, si se quiere, una violencia más "gratuita", sin motivo aparente alguno. Y la palabra "apariencia" es quizá la que mejor la define, ya que detrás de ella se esconden complejas realidades sociales y culturales.
Dentro de esas nuevas formas de la violencia, se destaca con letras de molde la denominada "violencia escolar", que tiene como escenario a escuelas y colegios o sus aledaños, y como protagonistas a adolescentes y hasta niños, varones y mujeres. Pero también incluye a padres o madres de alumnos que agreden a maestras o profesores por considerar que éstos les han puesto una nota injusta a sus hijos.
Hay chicas que tajean compañeras por un enojo cualquiera, por causas que no tienen la más mínima importancia. Y hay varones que se trompean y desenfundan cuchillos por motivos parecidos. Hace poco, en una escuela de Mendiolaza -en cercanías de la ciudad de Córdoba- se le descubrió a un alumno una pistola calibre 22 en la mochila. El arma estaba descargada, pero nadie sabe si el chico podía colocar una bala en cualquier momento. También hace unos días se trenzaron en una descomunal gresca estudiantes secundarios de los colegios Ricardo Rojas y Marina Waisman, lo que dejó como saldo un número indeterminado de contusos y heridos, algunos de los cuales debieron ser atendidos en hospitales o centros asistenciales.
¿Qué hacer? Nadie tiene la respuesta, porque es un problema que sobrepasa todos los cálculos y previsiones. El problema de la violencia escolar está en la escuela, pero también fuera de ella. Está en los hogares y en la responsabilidad de los padres para educar, aconsejar y cuidar a sus hijos. Está en la calle, donde se suceden los peores hechos. Está en la sociedad y, sobre todo, está en el Estado, aunque tampoco la mano del Estado alcanza y llega a tiempo.
La escuela es, en efecto, una barrera de contención, pero no es una isla separada del resto de la sociedad y de la descomposición cultural de nuestro tiempo, de la caída de los grandes valores y principios. Es un tema, pues, que merece la más alta consideración por parte de todos los niveles dirigentes del país.

