Tensas relaciones
El principio de no injerencia en los asuntos internos de los países debe primar por sobre las exageraciones interesadas u oportunistas de los Estados Unidos y Venezuela.
Inoportuno como ha sabido serlo en otros momentos de la historia, el Departamento de Estado norteamericano le ha regalado al régimen venezolano de Nicolás Maduro la excusa perfecta para un mayor endurecimiento, al calificarlo como una amenaza potencial. Nada más necesitaba una gestión tambaleante por el solo peso de sus errores para solicitar –y obtener– plenos poderes, algo que en la realidad ya venía exhibiendo, a juzgar por los hechos.Vale recordar la vigencia del principio de no injerencia en asuntos de terceros países, como lo recordó la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). Principio no pocas veces vulnerado por administraciones que se arrogaron el papel de gendarmes del continente. También vale señalar, de paso, las extrañas omisiones no disimuladas por la rápida reacción del organismo. En efecto, polarizada como está la sociedad venezolana, dividida por mitades por los errores de unos y otros –la intransigencia de un gobierno que cree legitimados sus excesos por el caudal electoral que lo respalda y la no menos inoportuna salida anticipada exigida por sectores de la oposición–, hubiera sido saludable que el organismo formalizara una defensa centrada en la autodeterminación de los pueblos.Esto sin olvidar que ello no puede convalidar el avasallamiento de las libertades individuales, la persecución a los opositores y el jaque a la prensa independiente. Escenas, estas, frecuentes en el complejo día a día del país caribeño.Creada para ocupar el espacio continental que la burocrática ineficiencia de la Organización de Estados Americanos fue dejando vacante a lo largo de las tres últimas décadas, la Unasur ha venido funcionando más como un furgón de cola de los vaivenes de Caracas que como una instancia superadora para encarar los conflictos de sus países miembro. Y esta gestión vacilante amenaza vaciarla de sentido, convirtiéndola en otra oportunidad desperdiciada. Quizá al respecto pueda resultar mucho más lucida y coherente la actitud del nuevo gobierno uruguayo, que ha sabido valerse de los canales diplomáticos para que su voz se escuche tan fuerte y claro como para que otros países le presten atención.Ante el agravio del presidente Maduro contra el vicepresidente Raúl Sendic, a quien tildó de cobarde por haberse atrevido a expresar que no veía amenaza norteamericana alguna contra Venezuela, el país oriental respondió con una enérgica protesta, en la que ratifica su apego al principio de no intervención, "a la democracia, a los derechos humanos y a las garantías del debido proceso". Una gran lección de diplomacia de un pequeño país, podría apuntarse.Los organismos multilaterales no deberían hacer seguidismo, menos cuando este es impuesto por unos cuantos barriles de petróleo barato, y, mucho menos, olvidar que nunca lo cortés debe quitar lo valiente.

