Nosotros y el fuego
Gracias a los bomberos, sólo hubo que lamentar 1.500 hectáreas de terreno quemado en Villa Carlos Paz, pero pudo ser peor. La sociedad debe asumir que el fuego es un peligro en las Sierras.
Veinte dotaciones de bomberos trabajaron durante todo un día y toda una noche para contener el fuego que se inició el domingo en jurisdicción de Villa Carlos Paz y se desplazó hacia Cabalango por efecto del viento. Todo habría comenzado, según las primeras investigaciones, por la irresponsabilidad de dos menores de edad que habrían estado jugando con fósforos en un campo rodeado de monte autóctono. La sequedad del terreno (casi no ha llovido durante el otoño y lo que va del invierno) hizo el resto. Llamas de más de 10 metros de altura estuvieron a punto de alcanzar las viviendas de dos barrios de Carlos Paz y las de algunos habitantes de Cabalango, adonde el fuego llegó con un frente de unos dos kilómetros de ancho. Unos y otros moradores optaron por autoevacuarse o fueron persuadidos de hacerlo por las autoridades.El trabajo de los bomberos fue encomiable. Con la entrega y la vocación de servicio que los caracteriza, desplegaron un operativo que demostró la experiencia que han ganado en los últimos años, lo que permite conjeturar que el Plan Provincial de Manejo del Fuego ha sabido recoger las críticas que recibió hasta no hace mucho sobre la baja confiabilidad que generaba en la población, debido a la escasa valoración del capital humano y cierta falta de transparencia en la asignación de los recursos económicos.En este caso, por el contrario, los bomberos demostraron rapidez y eficacia, y no quedó en evidencia que estuviesen desprovistos de los elementos mínimos y necesarios para desarrollar su loable y necesaria tarea.El único resultado que debemos lamentar, entonces, es que se hayan quemado unas 1.500 hectáreas de bosque nativo. No es un daño menor, pero sería mucho peor si tuviésemos que agregar la pérdida de vidas humanas o de viviendas u otros bienes al inventario del siniestro.El terreno quemado equivale a unas 1.500 manzanas. Imaginemos un casco urbano de esas dimensiones, en una localidad conocida, donde todo quede absolutamente destruido por la actitud irresponsable de un par de personas.Las habituales campañas de concientización podrían aprovechar alguna vez las zonas quemadas y permitir, por ejemplo, que la población las visite y recorra. Caminar el terreno donde antes había un bosque y ahora no hay más que tierra arrasada por el fuego probablemente sea la experiencia más desoladora y angustiante que el hombre pueda vivir en la naturaleza. Donde todo fue verde, ahora no hay más que negro y gris. El silencio impresiona, porque todas las aves que habitaban el lugar han debido retirarse por falta de la cobertura vegetal. Y ese paisaje yermo puede mantenerse inmutable durante años.Todo ello por la irresponsabilidad de algunos de nosotros. A veces nos ayuda a tomar conciencia experimentar en carne propia lo que nos podría pasar si no cambiamos nuestra conducta.

