No ser indiferentes a la violencia
En las calles de la ciudad de Córdoba se repiten escenas inaceptables de agresiones físicas y verbales que suelen involucrar a limpiavidrios y a cuidacoches. El Estado debe reaccionar.
Toda sociedad debe trajinar un largo recorrido a los efectos de constituirse como tal, dejando por el camino sus impulsos más atávicos y las urgencias individuales en pos del bien común. Uno de los elementos centrales es la capacidad de autolimitarse e imponer a sus componentes obligaciones, a la vez que se les reconocen derechos inalienables. Las leyes y las normas que se dictan en tal sentido construyen ciudadanía, a la vez que delegan en los poderes constituidos la facultad de legislar y hacer cumplir.
Aunque el párrafo anterior parece de manual, basta para cualquiera asomarse a la cotidianidad de la ciudad de Córdoba para constatar que en algún momento hemos iniciado un proceso de disolución, olvidando que lo que se edificó en años puede desmoronarse en un lapso breve a sola condición de que se vaya aceptando la pérdida del imperio de la ley. Los sistemáticos episodios de una violencia que va adueñándose de la vida urbana indican que el retorno a un estadio anómico es ya la norma antes que la excepción.
A diario se ejercita sobre muchos un sistemático atropello que acaba por extenderse a todas las formas de relación, y cualquier nimiedad deviene en crisis, a tal punto que los automovilistas deben soportar la presión de los limpiavidrios y los vendedores ambulantes que pululan en las esquinas y que dirimen con violencia las discusiones originadas en el reparto de paradas y de territorios, con no pocos particulares agredidos por indocumentados que, provistos de un chaleco naranja, pretenden ordenar el estacionamiento para beneficio propio.
Las ciudades se han convertido en una tierra de nadie, en la que impera la ley del más fuerte y en la que quienes no trabajan impiden trabajar, ante la mirada renuente de funcionarios públicos y magistrados que no se hacen cargo e instalan en el ciudadano la certeza de que ningún poder acudirá en su ayuda. Es ese clima que un dramaturgo describió con la frase “cada uno para sí y Dios contra todos”.
Hace años, un alcalde neoyorquino instaló para su gestión el concepto de “las ventanas rotas”, en alusión a que si se tolera que alguien rompa un vidrio sin consecuencia alguna, se está iniciando un viaje de ida. Y no estaba muy equivocado: Argentina ha desarrollado en las últimas décadas una extraordinaria permeabilidad a lo anormal, una tolerancia que es casi complacencia, y el resultado es una violencia creciente que convierte todo reclamo en un ejercicio de prepotencia; y muchas carencias, en formas de patoterismo liso y llano.
Los distintos brotes de microviolencia que se suceden sin orden ni concierto deberían ser un poderoso llamado de atención para quienes están funcionalmente obligados a hacer cumplir la ley.
Pero ello no será posible sin un honesto ejercicio de lucidez por parte de una sociedad que, por el momento, parece haber elegido desentenderse de casi todo, en un ejercicio casi religioso de desilusión. Ciudadanos indiferentes y funcionarios sordos son la perfecta fórmula para seguir hipotecando nuestro futuro.

