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Niños muertos en las rutas

La gran cantidad de chicos menores de 12 años muertos en siniestros viales en lo que va del año exige un cambio drástico en la forma en que conducimos por las calles y rutas de Córdoba.

08 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Niños muertos en las rutas

En siete meses de este año, entre los muertos que provoca la inseguridad vial en la provincia de Córdoba, hemos contabilizado a 22 niños menores de 12 años. Desde 2007, cuando este diario inició su propio estudio de los accidentes de tránsito con víctimas fatales, es el segundo peor registro que arroja esta particular variable. En nuestras estadísticas, el dato de lo que va de 2015 sólo es superado por el de 2008, cuando detectamos, para el mismo período de tiempo, la muerte de 28 niños.La mayoría de los menores fallecidos este año en siniestros viales perdió la vida en las rutas. Y en dos casos, eran niños que jugaban en la vereda y fueron atropellados.En promedio, diríamos que todos los meses debemos enfrentar la muerte de tres niños. Pero la realidad suele ser más dura: en julio, murieron cinco.Es inevitable relacionar esta cifra, muy superior al promedio, con las vacaciones, el consiguiente aumento del flujo vehicular en las rutas y los viajes familiares.En consecuencia, cabe reiterar una vez más algo que ya hemos advertido en similares oportunidades: llama la atención que en los períodos vacacionales, en vez de aumentar los cuidados y las prevenciones, se produzca un relativo aumento de los accidentes con fatales consecuencias.En las rutas, durante julio, hubo 19 tragedias que dejaron un saldo de 27 muertos, cinco de ellos menores de 12 años. En otras palabras, todos los niños fallecidos durante el mes por siniestros viales murieron en rutas de la provincia.Como contrapartida, en zonas urbanas y durante ese lapso, sólo fallecieron nueve personas, todas mayores de 13 años.Naturalmente, los niños son las víctimas más pasivas que arrojan estas tragedias, si se tiene en cuenta que son transportados por otros; que no tienen la posibilidad, llegado el caso, de reemplazar al conductor; y que no han decidido ni influido sobre las condiciones en que se realiza el viaje en el que pierden la vida.La pregunta, entonces, una vez más, es qué podemos hacer todos –la sociedad y el Estado, las fuerzas de seguridad y los gobernantes, cada conductor y cada acompañante– para tratar de evitar, en todo lo que de cada uno dependa, las conductas temerarias y las imprudencias, a modo de compromiso con la vida.Toda existencia es valiosa, por supuesto. Pero también es cierto que la muerte de los niños nos conmueve más que las de los adultos. Aun en la fatalidad más inesperada, no enfrentamos la muerte de una persona mayor con el mismo desconsuelo que si se trata de un menor.Por eso, tal vez si ponemos un especial empeño en cuidarlos a ellos, consigamos ponernos a salvo a nosotros mismos.