Locales vacíos
Las consecuencias económicas de los saqueos ya son visibles: locales comerciales que cierran y otros que no se alquilan, por lo que urge refundar la sociedad de derecho.
En un nuevo ejercicio de nuestro periódico retorno al pasado, los argentinos vemos repetirse la fotografía que creímos olvidada, la misma capaz de recordarnos que cada 10 años regresamos al punto de partida.
Lo dicen las novelas policiales: los cadáveres mal sepultados acaban por emerger a la luz; es el pasado, que siempre vuelve.
Tras los graves sucesos de los primeros días de diciembre, varios empresarios han informado ya su decisión de no reabrir comercios saqueados, esos desde los cuales vieron, estupefactos, avanzar a las hordas entre las que se contaban sus clientes y vecinos. Y habrá quienes congelen proyectos en marcha, a la espera de mejor clima u oportunidad, y también los que sencillamente no están en condiciones de afrontar las pérdidas.
El escenario no es novedoso: se pierden puestos de trabajo e inversiones, en un círculo vicioso ya visto en la crisis de 2001. ¿Acaso alguien olvidó la imagen de las principales avenidas comerciales con locales vacíos en cuyas veredas el pasto dejaba paso a los yuyos?
Se podría aseverar que nos fascinan las repeticiones. Pero esta vez la fractura es más ancha y profunda. Desandado el camino de tres décadas, nos vemos en el espejo de nuestra incapacidad para construir una sociedad de ciudadanos con derechos y obligaciones.
Ya no se trata de que nos perdonemos unos a otros y volvamos a comenzar, porque sólo estaríamos abonando nuestra próxima crisis. Ni de achacarles a gobiernos municipales, provinciales y nacionales su desatención de obligaciones elementales.
Hay más, a poco que se mire. Lo que una parte de la sociedad argentina ha introyectado es la certeza de que ningún esfuerzo vale la pena, que el trabajo no garantiza nada y las leyes son para los débiles. Que, en suma, todo vale a poco que uno esté dispuesto a intentarlo.
De alguna manera hemos llegado a esto, deslizándonos cuesta abajo, ilusionados con que nunca llegaríamos al fondo. Desde la década de 1990 hasta acá, el país ha visto cómo los malos funcionarios pululan, los corruptos procesados circulan custodiados por fornidos guardaespaldas, jueces lamentables permanecen en funciones y efectivos policiales negocian con una pistola sobre la mesa, mientras otros deciden qué servicios no van a prestarse o qué arteria se cortará. Un festival de la impudicia, al que coadyuva una Justicia lenta, apática y lábil.
Para no seguir viendo locales vacíos, vidrios rotos y yuyos altos, urge refundar la sociedad del derecho, una donde se voten menos leyes inútiles y se cumplan las vigentes, y donde los funcionarios corruptos sean condenados; los malos jueces, destituidos, y los chantajistas, tratados como tales. Podemos intentar eso o sentarnos a ver cómo siguen vaciándose los locales comerciales de nuestras principales avenidas.

