La historia, un lugar de reflexión
Como si no hubiera problemas graves, el Gobierno nacional pretende reescribir la historia argentina, olvidando que entre los primeros revisionistas hubo muchos pro nazis y pro fascistas.
Los términos "historia oficial" y "revisionismo histórico" son equívocos y confusos, pues no existe una historia oficial –consagrada de una vez para siempre– y los hechos y procesos históricos están sometidos a una constante revisión y a sucesivas interpretaciones, en general planteadas por cuestiones del presente que echan una nueva luz sobre el pasado. Un ejemplo reciente es la revisión de la historia del comunismo a partir de la caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de la Unión Soviética y su zona de influencia. Historiadores de la talla de Eric Hobsbawn o Claude Lefort dedicaron muchas páginas a la historia del comunismo soviético a partir de su caída. También se le presta cada vez más atención al comunismo chino, ese "comunismo de mercado" que elevó a la China al rango de las primeras potencias mundiales.La Revolución Francesa de 1789 ha sido objeto– lo sigue siendo– de grandes debates historiográficos, entre otras cosas porque aquella revolución alumbró dos fenómenos contrapuestos: la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano y, por otra parte, el terror, simbolizado por la imagen de la guillotina.Debe aceptarse, pues, que la revisión de la historia es algo normal e incluso saludable, porque ayuda a los pueblos a comprenderse mejor a sí mismos y a encontrar sus múltiples raíces. Lo inaceptable es cambiar una supuesta historia oficial por otra igualmente oficial, ya que este cambio de oficialismo histórico –sobre todo cuando es impulsado por el Estado– puede contribuir a una tergiversación de la historia y a un uso indiscriminado de los hechos y personajes históricos con fines políticos, como si la historia fuera una bandera en las luchas del presente.El Gobierno nacional acaba de crear, por decreto presidencial, el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico e Iberoamericano Manuel Dorrego, cuyo objetivo sería el de reescribir la historia argentina.Al respecto, caben algunas precisiones. Una es que el Gobierno puede crear todos los institutos que quiera, siempre y cuando no se destinen recursos del Estado, que pagan todos los ciudadanos, a este tipo de emprendimientos ideológicos. Otra es recordar que entre los primeros revisionistas históricos, que eran todos antibritánicos, hubo muchos que fueron pro fascistas y pro nazis. Y una tercera es que el Gobierno debería ocuparse de los problemas del presente y dejar la historia en el lugar que le corresponde: un lugar de reflexión y estudio para los historiadores e investigadores, y no para los propagandistas.

