De estereotipos y omisiones
El sector privado sostendrá la recuperación a pesar del tono antiempresarial que subyace en el matrimonio del poder y en la actitud de sus fanáticos, quienes, sin embargo, disfrutan de sus mieles.
El discurso que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pronunció en la conmemoración del Día de la Industria se apartó un tanto de la liturgia kirchnerista. Es verdad que reiteró el estereotipo de atribuir a su marido el relanzamiento de la economía desde el 25 de mayo de 2003, cuando prestó el juramento que lo instalaba como primer referente de la Casa Rosada. Olvidó –con la habitual soltura del matrimonio– que la recuperación había comenzado en la presidencia de Eduardo Duhalde, a quien deben su acceso al poder. No siempre se recuerda que en las elecciones de 2003, Néstor Kirchner fue vencido en primera vuelta por Carlos Menem. Frecuentó otro estereotipo oratorio del kirchnerismo: la victimización, que le permite atacar sin tregua al enemigo –no admite adversarios, sino enemigos, reales o imaginarios–, utilizando su vasto y costoso aparato publicitario para atribuir obstruccionismos, "palos en la rueda", complicidad con la dictadura militar, conspiraciones destituyentes, crímenes de lesa humanidad. Por caso, transmuta retóricamente a los tractores en tanques y a las reuniones de productores rurales en grupos de tareas. No es casualidad que haya acusado de incurrir en "hipocresía" a los grandes empresarios, amigos de ayer, ausentes de hoy.Pero esta vez se apartó, llamativamente, de las líneas maestras de la oratoria kirchnerista, porque no hizo ningún anuncio espectacular ni efectuó promesas de mayores bienaventuranzas. Es verdad que desgranó cifras tendientes a demostrar que el actual crecimiento se ha producido bajo las gestiones presidenciales propia y de su marido. Pero hay un dato que olvidó o desestimó: con mayor o menor diferencia de percentiles, las mayores economías de América del Sur tuvieron en los últimos años una fuerte expansión, fundamentalmente por la constante valorización de las commodities y también por "efecto derrame" del notable avance de Brasil, del que la Argentina es uno de sus principales beneficiarios.Que no haya utilizado esos favorables vientos de cola para acrecentar las promesas de bienaventuranzas, es un dato positivo. Sería también un rasgo de prudente realismo, porque las proyecciones macroeconómicas para el próximo año coinciden en describir una caída de la economía en relación con el actual ritmo de expansión. Será la iniciativa privada –que en 2001 y 2002 rescató de modo solitario al país de la peor crisis económica y social de su historia–, la que deberá ocuparse de superar la coyuntura. Lo hará sin hipocresía y con trabajo creador, a pesar del tono antiempresarial que subyace en el matrimonio del poder y en la actitud de sus más fervientes fanáticos que, sin embargo, disfrutan de las mieles que genera el sector. La presión tributaria, que alimenta al Estado y a sus funcionarios, es la más alta de la historia y es sostenida por quienes generan riqueza.

