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Cambio climático y burocracia

Mientras crece la destructiva violencia de los meteoros, la burocracia no parece notar esos efectos del cambio climático, porque no se advierte un cambio en su imperturbable sopor.

09 de abril de 2012 a las 12:01 a. m.
Cambio climático y burocracia

Nada menos que 17 muertos (cinco en Capital Federal, 11 en el Gran Buenos Aires y uno en Santa Fe) es el precio cobrado por el temporal de inusitada intensidad que se abatió el miércoles último sobre la región centro-este del territorio nacional.

A ese elevado costo humano deben sumarse centenares de heridos y de familias cuyas viviendas quedaron destruidas, y el cada vez más vasto y frecuente escenario de las catástrofes meteorológicas: automóviles aplastados por árboles caídos, columnas y torres de las redes de energía eléctrica y comunicaciones derribadas; voladuras de techos, carteles y mampostería; dilatados cortes de energía eléctrica y del servicio de telecomunicaciones; dificultades en el suministro de agua potable y afloramiento de las aguas de redes cloacales colapsadas, amén de calles transformadas en ríos caudalosos que invadieron viviendas y crearon un ambiente húmedo que tardará en desvanecerse, si es que antes no se produce otro meteoro de intensidad.

A esta altura de las perturbaciones meteorológicas devastadoras, lo que preocupa sobremanera es la imperturbable serenidad de la burocracia, cuyas autoridades parecen no advertir que se está produciendo un cambio climático que puede alterar nuestros arraigados esquemas de vida. Para ellas, todo está como era entonces.

A tanto llegan la indolencia, la inoperancia y/o la incapacidad manifiesta que ni siquiera se sabe con precisión si el fenómeno del miércoles 4 fue un tornado, un vendaval o un huracán.

No es sólo un problema de identidad. Es un problema de insuficiencia de infraestructura en el Servicio Meteorológico Nacional, que desde hace años reclama un mayor número de radares para desplegar un eficiente servicio de alarma y prevención.

Por lo demás, un ecologismo llevado hasta el límite del absurdo hizo intangible al arbolado urbano. Remover árboles caducos, carcomidos por enfermedades e insectos o asfixiados por la contaminación ambiental requiere toda una tramitación burocrática, cuando los propios organismos municipales deberían mantener un censo de árboles y ramajes susceptibles de inmediata remoción.

Tampoco es racional para la burocracia realizar periódicas revisiones de las columnas y torres metálicas, cuyas bases oxidadas ya no resisten ni rachas de relativa intensidad.

Deben ser permanentemente actualizadas las regulaciones de construcción, para enfrentar los crecientes riesgos climáticos. Un ejemplo, el abaratamiento de costos ha reactivado el empleo de chapas de zinc, que, arrancadas e impulsadas por los vendavales, se transforman en verdaderas navajas.

Hay una Argentina cuyo ecosistema está cambiando y una burocracia inmutable. Es una contradicción insostenible.