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Diocleciano, Robespierre y el histrionismo de Moreno

La inflación es una consecuencia económica de la mercantilización de la política, y es posible controlarla. No podemos resignarnos frente a ella. Daniel Gattas.

17 de mayo de 2013 a las 02:00 p. m.
Daniel Gattas *
Diocleciano, Robespierre y el histrionismo de Moreno

En nuestro país ya estamos tan acostumbrados a la degradación de la moneda y a la inflación, que el proceso se ha transformando en un fenómeno que no causa sorpresa alguna. Así, también, hay una larga historia de controles de precios, que desde siempre apuntaron a minimizar sus efectos nocivos y no a resolver las causas generadoras de esta enfermedad recurrente de los argentinos. Hoy, con una inflación que refleja la elevada temperatura de una economía con síntomas preocupantes, nuevamente, y gracias al histriónico secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, se está utilizando la misma fórmula: tratar de ponerles un corsé a los precios; no es difícil prever el resultado: será el mismo de nuestra "rica y larga" historia en este campo.Es interesante recordar que el primer control de precios del que se tiene memoria fue implementado por el emperador romano Diocleciano en la segunda parte de siglo III.En esos tiempos, las transacciones se llevaban a cabo con monedas de plata, y el modo de envilecerlas consistía en mezclarlas con cobre, lo que ocasionaba que cambiara de color y se tornara más liviana; debido a ello había más cantidad de monedas, pero cada una tenía una menor proporción de plata.El resultado fue un alza generalizada de los precios, a lo que le siguió un edicto sobre control de precios que preveía la pena de muerte para quien lo violara.Si bien no fue el único, puede ser considerado uno de los ingredientes más importantes de la pérdida de la cohesión social que comenzó a desintegrar el imperio.Mil quinientos años después, ocurrió algo similar durante la Revolución Francesa, pero en este caso Gutenberg ya había inventado la imprenta y se podían fabricar billetes, lo que provocó un aumento sin precedente en los precios. ¿Adivine qué? Se establecieron precios máximos, aunque, como ya había mejorado el mecanismo para ajusticiar a ciudadanos que los violaran, se usó una nueva máquina, la guillotina. La medida fracasó por completo.En ambos ejemplos citados, y para asegurar un control efectivo del alza de los precios, se usaron medidas brutales y, a pesar de ello, no se lograron los objetivos buscados. Además, las crisis económicas que sobrevinieron a los controles de precios abrieron de par en par la puerta a profundas crisis de índole política, caracterizadas por la inestabilidad institucional. Controles propios. Por estas tierras basta recordar, sólo a título de ejemplo, los resultados de algunos de los controles de precios más emblemáticos, como el "rodrigazo" de 1975, que dio por tierra con la farsa de la "inflación cero" del ministro José Ber Gelbard, implementada dos años antes, o la hiperinflación de 1989, que cerró el ciclo del Plan Austral, que tanta expectativa había generado cuatro años antes. El "rodrigazo" fue un mazazo a la poca credibilidad que tenía María Estela Martínez de Perón y poco tiempo después sobrevino el golpe militar. Por su parte, la hiperinflación de Alfonsín puso a su gobierno en una profunda crisis de gobernabilidad, que lo obligó a entregar el poder seis meses antes.En nuestro país, sigue reinando la teoría de que con el mero voluntarismo se pueden controlar los mercados y que los gobernantes paternalistas –que en realidad buscan retener el poder y que obligan a emitir dinero de manera irresponsable– son una especie de enviados de Dios que, impregnados de certezas, lo pueden todo.Pero cuando los agentes económicos perciben que el gobierno no tiene intención de reflexionar sobre los efectos que ello genera, asumen que más allá de la buena intención de sostener un elevado nivel de consumo, los precios aumentarán de nuevo, aunque momentáneamente se hayan tomado un respiro, por lo cual se refugian en activos que resguarden el valor de sus ahorros. Dos monedas. Sir Thomas Gresham ya sostenía en el siglo XVI que cuando en un país circulan en simultáneo dos tipos de monedas de curso legal y una de ellas es considerada por el público como "buena" y la otra como "mala", la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena, es decir que los consumidores atesoran la buena y hacen circular la mala. En la teoría de Gresham, se pueden entender las razones por las cuales los ciudadanos argentinos se vuelcan al dólar. Pero más grave aun es que el atropello y la falta de interpretación de algunas reglas básicas de la economía afectan la inversión, instrumento clave para incrementar la oferta de bienes y servicios, que es en definitiva lo que provoca de manera genuina una mejora en el nivel de vida de los habitantes de un país. La inflación es una consecuencia económica de la mercantilización de la política, y es posible controlarla. No podemos resignarnos frente a ella. El combate requiere responsabilidad, experticia y, fundamentalmente, terminar con la demagogia que tanto daño nos ha hecho.* Docente de la UNC y la UCC