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Córdoba arrasada

Fue el vandalismo popular, con el deseo de saciar un ansia de poder y resentimiento desesperado, el que rompió y saqueó, sin límites ni contención alguna, sueños y años de trabajo ininterrumpidos.

11 de diciembre de 2013 a las 01:18 p. m.
Beatriz Grinberg de Teicher*
Córdoba arrasada

No fue, esta vez, una feroz tormenta ni otro factor climático lo que dejó un saldo de destrucción, impotencia, desolación y muerte. Fue el factor humano, el social, el que con furia organizada sembró de terror la convivencia cotidiana. No se trató de un grupo de hambrientos de alimentos el que se adueñó de las calles y de la propiedad privada. Fue el vandalismo popular, con el deseo de saciar un ansia de poder y resentimiento desesperado, el que rompió y saqueó –sin límites ni contención alguna– sueños y años de trabajo ininterrumpidos. Córdoba quedó arrasada. Por una sociedad dividida entre los que trabajan y los que viven de los que trabajan. Una cuestión cultural, que muestra a una sociedad enferma en sus más profundos valores. Aquellos de los que nos nutrimos dentro del vínculo social donde se realiza el primer aprendizaje y se construye nuestra naturaleza humana. Las emociones negativas, el miedo, la ira debieron de tener un enorme valor para la supervivencia, impulsando al animal amenazado a luchar o a huir. Este resabio evolutivo que aún nos acompaña crea un círculo vicioso de negatividad y furia al interpretar y responder a quien nos perturba o nos incomoda con una mayor escalada de agresividad y violencia.Las lecciones de empatía, de tolerancia, de respeto por el otro se inician en la infancia y, por correspondencia, cuando la madre, o el padre, o quien intermedie con el escenario o el contexto social en el que crece el niño lo ayuda a abordar su historia personal.¿Qué puede esperarse de esos niños que acompañan con disfrute, como si se tratara de un juego, a los adultos que le muestran el ejemplo del robo y el facilismo? ¿Cómo se les explica a sus pares, que miran impotentes desde la otra orilla, la naturalización de la violencia y la prepotencia para hacerse de lo ajeno? ¿Dónde queda la cultura del trabajo, la que nos enseñaron nuestros padres, nuestros abuelos? ¿La dignidad de vivir con lo que uno tiene, la de estudiar para progresar, aun cuando una brecha social o económica lo hiciera difícil y hasta imposible? Es arduo volver atrás cuando se rompe el contrato social y uno como ciudadano necesita de policías para asegurarse la protección. No es el animal, el salvaje, de quien tenemos que protegernos encerrados en nuestras casas. El peligro viene de un igual, que perdió su dignidad y el valor que tiene la vida.

*Mediadora, magíster en Antropología