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Abrazados a una metáfora

Pasan esas cosas en un mundial: nos entregamos a nuestros símbolos (los jugadores) sin reservas, y hasta en cada uno descubrimos un poco de nosotros.

13 de julio de 2014 a las 12:02 a. m.
Abrazados a una metáfora

¿Cuántos días caben en la vida? Es posible que muchos, casi incontables. Pero los que se pueden contar, aquellos que por el apunte de los recuerdos tenemos plena conciencia de haberlos vivido, caben en unos pocos puñados. Y son menos aún aquellos de los que tenemos noción sobre nuestro itinerario a lo largo de las horas y lo ancho de los hechos.

Este domingo al que quizá el desvelo le abra los ojos temprano, será uno de esos días que rescataremos de las fauces del olvido. Desde aquí y por el tiempo que nos toque andar, guardaremos la película para proyectarla cuando haga falta, cuando tengamos ganas.

No estaremos solos en la tarea de echarle un poco de luz a la memoria: será nuestro recuerdo personal, sí, pero pocas veces como en esta ocasión resulta tan evidente que nuestras historias se parecen a las de los que tenemos al lado. Y si nos veremos juntos a la hora de la evocación es porque, aquí y ahora, estamos juntos.

Hoy es el día de la gran final.

Hace cuatro semanas que venimos a toda marcha por una montaña rusa de sensaciones, y esta es la estación a la que ansiábamos llegar desde hace 24 años. Estamos aquí, en la fecha encendida como neón cuando mirábamos el papelito con el fixture que nos regalaron en el negocio de la esquina.

Pero esto no es todo, ¡qué va! Queremos más.

Muchos de los argentinos que andamos estas horas ya probamos el sabor de la suprema victoria deportiva: ser los ganadores de un torneo por el que desesperan casi todos los países del mundo. Y sabemos que lo mejor, una vez que sucede lo que sucede en la cancha, es echar a volar la risa de los felices en la multitud.

Ser parte de una multitud que ríe es lo que además les queremos convidar a los que todavía no se han asomado al cielo de la felicidad compartida.

Entre esos muchachos que buscan con la misma ambición, o más aún, un lugar bajo ese cielo, están los jugadores de esta entrañable selección. Ellos somos nosotros, o mejor: todos somos ellos.

Son la vieja quimera de salir a escondidas en la siesta a patear en el campito, la inagotable metáfora de una pelota en movimiento, la pasión de fútbol de niños y de grandes, las chicas que se suman a esa fascinación o que, de todos modos, entregan su corazón por la misma causa de la plenitud colectiva. Son las madres que sólo son felices cuando ven que sus hijos son felices (¿no es cierto, Camila?).

Esos hijos son como los chicos que el otro día jugaban a ser Marcos Rojo en la plaza de Alta Córdoba (el desconocido, el pibe que pese al escepticismo sale a jugar un mundial y se come la cancha).

Esas madres son como esa abuela que después del partido contra Holanda fue a la verdulería (cuenta “el Chino” Cuello) y en vez de pedir media docena de huevos pidió media docena de Mascherano (el que lo entrega todo, al que siempre le queda una gota de sudor más cuando ya se ha exprimido hasta el dolor).

Pasan esas cosas en un mundial: nos entregamos a nuestros símbolos, los jugadores, sin reservas, y hasta en cada uno descubrimos un poco de nosotros.

No nos olvidamos de Malvinas, ni de los fondos buitre, ni de las distintas maneras de ver y sentir el país, que a partir del lunes volverán a distanciarnos.

Tampoco es que estamos unidos. Sólo estamos juntos, en esta hora y en este instante, abrazados a una metáfora argentina.

Hoy puede ser un día maravilloso. No dejemos de desearlo ni por un instante.