La política económica irrumpe en la campaña
La devolución de Ganancias y el límite a los aumentos salariales marcan un nuevo perfil.
Hasta hace un tiempo se escuchaba en círculos cercanos al oficialismo que la política económica del Gobierno parecía diseñada para "perder" en las elecciones presidenciales de este año y que el único interés de los funcionarios del área era dejarle la "bomba cebada" a la próxima administración. Sin embargo, quizá por los "brotes verdes" a los que se hizo alusión hace 30 días, las señales de la última semana muestran al Gobierno más decidido a apostar por la continuidad, a través del candidato del oficialismo que triunfe en las Paso. Así, aunque esto implique un enfrentamiento con los líderes sindicales, se plantea un límite de 25 por ciento anual para las actualizaciones salariales, para buscar mantener encarrilada a la inflación en ese andarivel y tratando de evitar una escalada en los índices de desempleo, mientras se compensa parcialmente ese tope con una reducción del peso del Impuesto a las Ganancias para trabajadores con ingresos de hasta 25 mil pesos. Esta ofensiva incluyó un llamativo cuestionamiento desde el Ministerio de Economía a uno de los principales asesores de Daniel Scioli; casi como diciendo que aquel que pretenda hacer oficialismo tendrá que ofrecer continuidad. Queda para el especialista en campañas evaluar si un mensaje de "más de lo mismo" es un instrumento válido para ganar o perder las próximas elecciones. En cambio, desde el punto de vista económico, y considerando la magnitud de los desequilibrios existentes, esa promesa de continuidad encuadra en la figura de un oxímoron, algo que resulta contradictorio en sí mismo. Esto porque hay múltiples evidencias del agotamiento del actual esquema, en términos de generación de empleos y de sus posibilidades de sustentación, tanto en el plano fiscal como el externo. Sin ir más lejos, la devolución retroactiva del impuesto a las Ganancias para una fracción de los asalariados, aunque sea una reparación absolutamente válida, de todos modos implica una suba de presión tributaria frente a 2014. Al mismo tiempo, se anuncia en el contexto de un deterioro fiscal persistente, por lo que alimenta la amenaza de ajustes futuros si el Gobierno pierde el control de la inflación. Es que esto ocurre junto con un magro resultado en la recaudación tributaria de abril, que anotó una suba nominal de 21,5 por ciento interanual, siete puntos porcentuales menos que la variación de los precios y 15 puntos porcentuales por debajo de la evolución del gasto público. No hay forma de convivir por mucho tiempo con tamaña divergencia en la trayectoria de las variables fiscales. Algo análogo ocurre con la relación entre los salarios, la inflación y el precio del dólar en el mercado oficial. Desde el punto de vista de los trabajadores, lo que ocurre en el último período es el peor de los mundos, porque los sueldos pierden la carrera contra la inflación, pero aun así los costos laborales resultan tan elevados para las empresas que se achican las fuentes de empleo y se resignan mercados en el exterior debido a que los productos "made in Argentina" quedan fuera de competencia. Obsérvese lo que está ocurriendo en el sector industrial: en el primer trimestre de 2015, los salarios nominales subieron en pesos un 33,3 por ciento interanual, empatando con la inflación del período pero sin poder recuperar la merma del año pasado. Sin embargo, en dólares se encarecieron 17 por ciento para los empleadores, y esto no es inocuo para las variables relevantes que hacen a la sustentabilidad del esquema. El empleo manufacturero anota dos caídas interanuales consecutivas, de 1,6 y 1,9 por ciento en los primeros trimestres de 2014 y 2015, mientras que las exportaciones de manufacturas de origen industrial, que habían descendido 9,5 por ciento interanual en el primer trimestre de 2014 profundizaron el rojo a 16,7 por ciento interanual en los primeros tres meses de 2015. Hay que tener en cuenta que las restricciones al comercio exterior y al mercado cambiario operan como un freno de mano sobre la economía. Si el conductor del vehículo se asusta porque el motor comienza a fallar en una cuesta (el Gobierno en noviembre de 2011, ante la pérdida de reservas), al mover esa palanca puede tranquilizarse porque aleja el riesgo de la caída libre. Pero, a partir de allí, el freno de mano le impedirá a la economía volver a la velocidad de crucero.La implosión experimentada por el comercio exterior argentino en los últimos años es quizá un tema que preocupe sólo a los especialistas. Pero no debería haber dudas que recuperar dinamismo exportador (que conlleva más importaciones) es clave para la sustentabilidad de mediano y largo plazo de la economía. Mientras tanto, los efectos negativos del achicamiento del comercio exterior comienzan a filtrarse por el lado que más duele a los gobiernos, el de la recaudación impositiva. Los principales tributos del estado nacional asociados al sector son las retenciones (por el lado de las exportaciones), más IVA y Ganancias capturados por la Aduana en las importaciones, junto con los derechos correspondientes. Esos cuatro impuestos reunieron un promedio mensual de 1973,2 millones de dólares (al tipo de cambio oficial) en enero-abril de este año, guarismo inferior al del primer cuatrimestre de 2008 (siete años atrás!), que significa una merma de 400 a 500 millones de dólares/mes respecto del período en que se introdujeron los cepos. Considerando factores de estacionalidad, el sector público está perdiendo más de seis mil millones de dólares/año de recaudación por la implosión del comercio exterior, en un período en el cual el gasto público ha engordado en 35 mil millones de dólares/año.Los controles al comercio frenan las compras al exterior, por lo que si éstos se eliminaran y las importaciones recuperaran la proporción con el PIB de años atrás, entonces el déficit de la cuenta corriente del Balance de Pagos rápidamente treparía por encima de los 15 mil millones de dólares, triplicando el rojo actual. Los controles al cambio, por su parte, impiden que los pesos se transformen en dólares por lo que, sin el cepo, el Banco Central se quedaría rápidamente sin reservas, salvo que se admita un precio de mercado para el dólar y un nivel de equilibrio para las tasas de interés. La persistencia de esas restricciones permite convivir por algún tiempo con tasas de interés y tipo de cambio que están "fuera de escuadra", pero no desarrolla incentivos para que los desequilibrios puedan ser corregidos. Por ende, sólo sirven para jugar a la defensiva, buscando "aguantar " el partido.Quien tenga dudas al respecto debería recordar que, de 2011 en adelante, el único año con buen nivel de actividad fue 2013, sólo factible porque en aquel entonces el Banco Central pudo sacrificar 13 mil millones de dólares de sus reservas. Con el nivel actual de divisas en poder del BCRA, este esquema de política económica sólo puede funcionar con el freno de mano activado… salvo que la soja vuelva a 650 dólares la tonelada o que comience a brotar petróleo de Vaca Muerta.De allí que prometer "más de lo mismo" para después de diciembre sea un verdadero oxímoron y que tratar de teñir de continuismo la propuesta del oficialismo puede llegar a ser riesgoso desde el punto de vista de los mercados, que hasta ahora siguen otorgando el "beneficio de la duda" al país.
*Economista

