El turismo, apenas la punta del témpano
La demanda está viajando a una velocidad mayor a la de la oferta.
La economía argentina está funcionando de un modo desequilibrado. La demanda viaja a una velocidad mayor que la oferta. Esto sería sustentable si el fenómeno se explicara por la abundante entrada de capitales o por precios cada vez más altos de los bienes que exportamos. Pero no es así. El impulso tiene origen interno, con un gasto público que se expande a un ritmo cinco puntos superior al de los ingresos, y una política monetaria aferrada al esquema de tasas de interés negativas en términos reales. Como el avance de la demanda no está acompañado por la oferta, se convive con las persistentes presiones inflacionarias en el flanco interno y con el drenaje de reservas del Banco Central, que opera como variable de ajuste del frente externo. El deterioro de las balanzas del turismo y de la energía es tratado a veces como un problema sectorial, pero en realidad se trata de las expresiones más visibles de un fenómeno más general, que tiene que ver con incentivos asimétricos a la oferta y la demanda. Es cierto, de todos modos, que cerrar el déficit externo en servicios turísticos puede ser una tarea que lleve un par de trimestres, mientras que en el caso de la energía la unidad de tiempo apropiada es el quinquenio, o incluso la década.
En combustibles y energía, la balanza comercial, que era positiva hasta 2010, mostró un déficit de 2,7 mil millones de dólares el año pasado y un estimado de 6 mil millones para este año. En el ámbito del turismo, la dinámica muestra que de un déficit de 1,1 mil millones de dólares en 2011 se escaló a 4,7 mil millones en 2012 y a un estimado de entre ocho y nueve mil millones en 2013. Este guarismo representa 1,7 por ciento del PIB, cuando, por ejemplo, el rojo del sector turismo en Brasil es de 0,7 por ciento del PIB.
Paradójicamente, la fuga de dólares vinculada al turismo captura más atención que la del sector energético, cuando la primera puede corregirse rápidamente, mientras que la segunda requiere un profundo replanteo de la política económica. Para recuperar el autoabastecimiento de combustibles hacen falta, además de paciencia, precios internacionales y capacidad de firmar contratos de largo plazo con los potenciales inversores.
Respecto del turismo, la comparación de precios de las hamburguesas de Mc Donald’s explica muy bien la dirección de los flujos de los viajeros. El “Cuarto de Libra” cuesta en Buenos Aires 36 pesos, o sea unos seis dólares al tipo de cambio oficial. En Estados Unidos, la mediana de los precios de las distintas ciudades es de 3,52 dólares. Si el Gobierno está decidido a avanzar con el “dólar turista”, esta referencia debería ser determinante: el tipo de cambio que iguala los precios del Cuarto de Libra en ambos países es 10,23 pesos por dólar. Esto podría frenar temporalmente las filtraciones de divisas, pero sin escapar a los efectos colaterales que todo régimen de tipos de cambios múltiples conlleva. Por un lado, más presión inflacionaria en los segmentos de mercado involucrados. Por otro, la activación del reclamo del resto de los sectores (economías regionales, por caso) que quedarían al margen.
El país seguirá estando caro en dólares si la única medida es establecer un tipo de cambio especial para el turismo. Simplemente se estará dando un privilegio al tenedor de una tarjeta emitida en el exterior y, de paso, quitando el subsidio a los argentinos que compran bienes y servicios en el resto del mundo por medio del instrumento.
Ahora bien, si los casos comentados forman parte de un fenómeno más general, la pregunta es cómo dimensionarlo, dadas las distorsiones que introducen los controles al comercio exterior y al cambio y la controversia sobre las mediciones de precios y de las cuentas nacionales.
Una forma de ver qué ha ocurrido con la demanda interna es focalizar en la evolución de la recaudación del IVA-DGI, neta del ingrediente inflacionario. Pues bien, esta variable aumentó 50,8 por ciento en términos reales entre septiembre de 2007 e igual mes de 2013, a un ritmo acumulativo de 7,1 por ciento anual.
¿Qué pasó con la oferta de la economía? Uno de los vectores más representativos dentro de este agregado es el sector manufacturero. El Indicador de Producción Industrial que publica el Estudio Ferreres muestra una variación de 10,6 por ciento entre septiembre de 2007 e igual mes de 2013, a un ritmo acumulativo de 1,7 por ciento anual. ¡La divergencia entre este indicador de oferta y el Proxy de la demanda utilizado es de 5,4 puntos porcentuales cada año y de 40,2 puntos en el acumulado!
¿Por qué la oferta no pudo acompañar el ritmo de la demanda? Para la industria, hay restricciones estructurales que tienen que ver con la dinámica de las inversiones. Pero también factores más cercanos, como las trabas para operar en comercio exterior, la escasez energética, que quita días útiles, el aumento de la presión impositiva y también la suba de los costos laborales.
El costo laboral unitario en dólares (corregido por productividad) ha trepado nada menos que 130,2 por ciento entre el tercer trimestre de 2007 e igual período de 2013, y es un nítido factor explicativo de la divergencia que exhiben los indicadores de demanda (alimentados por los salarios) con los de la oferta (donde pesan sobre los costos de producción).
¿Cómo se financió tamaña brecha entre oferta y demanda? Un factor clave ha sido la trayectoria de los términos de intercambio, que miden la evolución de los precios de los bienes que el país exporta, versus los precios de los productos importados. Desde el tercer trimestre de 2007 hasta igual período de 2012 los términos de intercambio mejoraron nada menos que 45 por ciento para la Argentina, tocando un techo histórico para el país. Sin embargo, ahora asistimos a una reversión parcial de esa tendencia. En el tercer trimestre de 2013 los términos de intercambio han descendido 9,5 por ciento interanual y, aunque todavía se ubican 31,3 por ciento por encima de 2007, reflejan una nueva situación de la economía mundial que obliga a revisar premisas e instrumentos de la política económica.
Volviendo a la cuestión de las reservas del Banco Central: en términos macroeconómicos hay dos opciones, que pueden ser complementarias, si se intenta frenar la caída: que entren más capitales al país, o que aumente en forma significativa el superávit comercial y de servicios.
Por el momento, el Gobierno parece orientado a acelerar un poco la tasa de devaluación, apostando a tener éxito en las gestiones externas para conseguir fondos frescos, mientras estudia medidas puntuales como las vinculadas al turismo.
El factor tiempo juega en contra, porque las expectativas están llevando a los agentes económicos a atesorar todo lo que resulte más o menos cercano al dólar, especialmente si se lo consigue al tipo de cambio oficial. La “manía” de los chacareros, de guardar la soja en los silos, se está contagiando a las ciudades.

