Rusia-Ucrania: Vladimir Putin se aprovecha de la falta de líderes fuertes en Occidente
Sin Ángela Merkel al frante de Alemania, no hay nadie en la Unión Europa ni en Estados Unidos que tenga la decisión y la habilidad suficiente para enfrentar al líder ruso.
“La más importante lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”, sentenció el escritor británico Aldous Huxley, convencido como estaba de que nada es más insistente que la estupidez humana.
Tal como lo corrobora la invasión rusa de Ucrania como consecuencia del empeño imperial de Vladimir Putin, un Napoleón liliputiense dispuesto a hacer bien lo que a otros les salió mal.
Débiles respuestas
Es curioso cómo la historia se empecina en plagiarse: todo el preámbulo de esta crisis que ha puesto al mundo al borde de una conflagración mundial como en 1962 recuerda a la situación de Múnich en 1938, cuando unos voluntariosos y mal documentados Édouard Daladier y Neville Chamberlain –primeros ministros de Francia y de Gran Bretaña, respectivamente– fueron seducidos por un Adolfo Hitler que les dijo que solo quería recuperar los Sudetes, en territorio checoslovaco.
Poco después ocuparía toda Checoslovaquia y unos meses más tarde avanzaría sobre Polonia en la convicción de que nadie haría nada. La misma convicción que hoy anima a Putin.
La materia prima de esa certeza es visible: sin Angela Merkel, no ha quedado en Occidente nadie con estatura de estadista.
El empeño de Emmanuel Macron por ocupar la vacante no parece rendir grandes frutos por el momento.
Sin mencionar a Boris Johnson, el primer ministro británico más afecto a los escándalos que a la geopolítica, o bien Joe Biden, el presidente de Estados Unidos cuya fuerza parece haberse agotado en el triunfo electoral ante Donald Trump.
Y en este punto habría que apuntar la reaparición del polémico expresidente estadounidense para elogiar a Putin, algo que al autócrata ruso no se le escapa.
El sueño de Pedro el Grande
Claro que la jugada del ex-KGB era obligada, pues quien farolea en un juego de cartas no puede irse a barajas sin más. En suma, Putin ya había traspasado el punto de no retorno, al precio de que ha conseguido el raro milagro de abroquelar a todos sus posibles enemigos, otra analogía que remite al pasado y al lema de la Legión Extranjera: “marchar o morir”. Nada menos esperaban la Otan y el Departamento de Estado.
Pero no hay derecho a confusión en esto: el hombre que por estos días se atrevió a corregir nada menos que a Vladímir Lenin no pretende reeditar a la ex (y fracasada) Unión Soviética, sino el sueño imperial de Pedro El Grande, el de la gran Rusia paneslava, un dato que seguramente a estas horas habrán apuntado en Varsovia. Y más allá.
Volviendo a Múnich en la antesala de la Segunda Guerra Mundial y a los parecidos fáciles, vale recordar que Hitler necesitaba contener cualquier amenaza a sus espaldas y ese riesgo se clausuró con el pacto Molotov-Ribbentrop, el que Stalin también necesitaba, acuciado por la presencia japonesa en Asia.
China y los progresistas
Hoy, el gendarme que custodia la aventura moscovita es China. El mismo que en esta empresa se lleva todas las ganancias sin asumir ningún riesgo mientras sus competidores se enfrentan. Quizás Putin debería repasar a Huxley para entender que Beijing cobra muy caros sus respaldos. El abrazo del oso le dicen.
Como de costumbre, la fuerza habrá de prevalecer, lo que no implica que el autócrata ruso salga indemne: Rusia es hoy una potencia agresora que se queda aislada del mundo, para desdicha de los capitalistas que allí abundan y respaldada solo por los peores de la clase, como Nicolás Maduro, algo que en el futuro habrá de pasarle factura, mientras el resto del mundo paga el petróleo, el gas, la soja y el trigo mucho más caros.
A la vez, el manotazo de Putin pone al progresismo vernáculo, plagado de nostálgicos bolcheviques de salón, ante un duro desafío: encontrar la artillería conceptual que siga justificando su antiguo romance con todas las autocracias, una pirotecnia dialéctica digna de ser vista y oída.
Habrá que ver cómo se las arreglan –de seguro lo harán– para justificar que un Goliat tecnológico aplaste a un menos que minúsculo David.
* Periodista

