No es un país como cualquiera
La diversidad cultural de Colombia se resume en Bogotá. "No veré la paz", dice un periodista que basa su pesimismo en su percepción sobre la guerra.
Bogotá. Es medianoche. Una hora poco conveniente, al menos en lo subjetivo, para aterrizar por primera vez en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Las prevenciones crecen tras la severidad del trato en migraciones. Desde el vamos, Colombia te hace saber que no es un país cualquiera. La imaginación trabaja mientras el dinero, recién conocido, sale del bolsillo para dar una propina a quien acomodó las valijas en el taxi. "Suba que lo llevo", dice el hombre rechazando la oferta y revelándose como el conductor. Así será en días sucesivos, todo normal, con la normalidad relativa de una ciudad de más de ocho millones de habitantes que mostrará, de a poco, sus venas abiertas como cualquier ciudad latinoamericana que se precie. Sólo que esta preside el país de la guerrilla y el narcotráfico. Bogotá, capital de Colombia, crece al galope en el departamento de Cundinamarca. Hace 50 años era la aldea grande y manejable donde las señoras tomaban el té a las 5 de la tarde y los señores paseaban por el centro, bebían café tinto (sin leche) o chocolate acompañado de manteca, pancitos dulces y queso, rodeados de una pobreza profusa y natural.Lo que se ve hoy es un hormigueo incesante que, en la populosa avenida Gonzalo Jiménez de Quesada, nombre del español que fundó la ciudad en 1538, alcanza su cénit con una frenética actividad comercial, hecha de negocios formales e informales que aquí parecen convivir en largos tramos peatonales con menos conflicto que en Córdoba. En avenida Jiménez se hace realidad el eslogan de la ciudad: "La diversidad cultural de Colombia se resume en Bogotá". "No dar papaya". Un taxista pone al visitante en situación. Lo primero es "no dar papaya". La fruta tropical estrella de Colombia se consume en jugos omnipresentes o en forma directa. El dicho popular alude a no tentar, a cuidarse y estar alertas para no sufrir sorpresas desagradables. Porque –y esta es la segunda parte del refrán– "a papaya puesta, papaya partida", lo que significa que si uno sirve en bandeja la ocasión, está perdido. Luego, sigue una costumbre de los colombianos: indicar por dónde andar y por dónde no. "Siempre tome hacia allá", dice el taxista. Señala un espacio sobre avenida Jiménez donde confraternizan los uniformes: policía metropolitana, policía nacional, ejército y vaya a saber cuántos más. Y deja su yapa de sentido común: "Hay que acostumbrarse porque esto no va a cambiar por mucho tiempo".En eso coincide con Óscar, periodista de una agencia internacional que, en una charla de café, regala un análisis más profundo. "No veré la paz en Colombia", dice. Para él, la violencia en todas sus expresiones (guerrilla, narcotráfico, paramilitares) se ha vuelto estructural luego de tanto tiempo de vigencia y compromete a las instituciones, al establecimiento, como le dicen los colombianos a lo que en Argentina llamamos establishment . El entramado es un negocio y no conviene que desaparezca, sino sólo que sea controlable. Que no afecte la propiedad privada ni la hegemonía incontrastable de los sectores más tradicionales.El negocio, pues, no es tanto aniquilar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) como mantenerlas lo más lejos posible de los centros de decisión: acotar y limitar, social y territorialmente, su influencia. Hoy las Farc no pesan a la hora de decidir las inversiones, ni las políticas de grandes empresas. Las multinacionales funcionan sin contratiempos, favorecidas por el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Además, las Farc son un buen pretexto para robustecer la fuerza pública. Más allá de lo que representa el Plan Colombia para Estados Unidos en su estrategia hacia América latina, para este país implica una ayuda que se traduce en inversiones en armas, materiales de seguridad, entrenamiento de policías y militares y otras flujos de dólares aprovechables por políticos y funcionarios acostumbrados a convivir (y vivir) con la corrupción. En cuanto al narcotráfico, si hace 20 años Pablo Escobar secuestraba personas a granel para extorsionar a la clase política y evitar la extradición –como cuenta Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro –, en la actualidad todos los narcos que se sienten acorralados piden ser extraditados. En Estados Unidos, sus abogados negocian entrega de información, dinero y propiedades, pero antes de partir ponen a resguardo algunos bienes y luego reciben condenas benignas que, al cabo de un tiempo, les permiten volver limpios y millonarios. "Tampoco creo que mis hijos vean la paz", dice Óscar, cuyo pesimismo ya no se basa en fuentes, sino en la percepción de que la guerra es un negocio redondo y con larga vida.Apoyo de dos "ex"Pedido de Betancur. El ex presidente conservador Belisario Betancur (1982-1986), quien autorizó durante su mandato un proceso de paz con las Farc que avanzó hasta un alto el fuego pero fracasó, pidió ayer a los colombianos no escandalizarse por lo que se avecina.
Pastrana y la salida. El ex presidente Andrés Pastrana (1998-2002), bajo cuyo gobierno se realizó el frustrado y último intento de negociación con la guerrilla, opinó el martes que la propuesta realizada por el actual mandatario Juan Manuel Santos "es oportuna" para "consolidar una salida política" al conflicto.

