El simbolismo de la primera vez
La historia del primer papa argentino, el latinoamericano, el jesuita, apenas ha escrito su semana inicial. Y aunque recién se vieron sus primeros pasos, las señales sugieren un tiempo diferente. Marcelo Taborda.
Las campanas de Las Mercedarias sacudían con sus repiques la siesta de Alta Córdoba, del mismo modo que otras miles sonaban en los templos de esta ciudad y en los puntos más diversos del planeta. Los tañidos emulaban a los de la Basílica de San Pedro para anunciar, hace hoy una semana, la fumata blanca que emanaba de la chimenea de la Capilla Sixtina.
Lo que nadie podía imaginar entonces es que una hora después el cardenal francés Jean Louis Tauran, tras el esperado anuncio de “habemus papam”, develaría que el elegido por el cónclave era Jorge Mario Bergoglio, quien adoptaría el nombre de Francisco.
El miércoles 13 de marzo de 2013 se inscribió entonces en la historia no sólo como el día en que se eligió al 266° jefe de la Iglesia Católica, sino como la fecha en que por primera vez la institución escogió como su pastor universal a un jesuita, que además es americano, más precisamente latinoamericano y argentino.
Apenas un paneo por la repercusión internacional en portadas de diarios y espacios en los medios de comunicación del globo entero, más allá de religiones, credos o sistemas políticos imperantes, alcanzó para dimensionar el impacto de la noticia de esta “primera vez” que engloba muchas “primeras veces” al mismo tiempo.
El mismo Bergoglio agradeció, en su primera aparición pública como Francisco, a los cardenales que fueron a buscar un papa al “fin del mundo”, en una cómplice alusión a estos confines de la Tierra, que en las definiciones eurocéntricas del poder siempre fue periferia y subdesarrollo.
Pero en el continente que con Francisco llegó por primera vez al trono de Pedro también se han inscripto fechas recientes como hitos políticos o sociales que recogerá la historia que estudien las generaciones por venir.
Una simple enumeración de esos acontecimientos inéditos que impactaron en América incluye la irrupción de Luiz Inácio Lula Da Silva, el 27 de octubre de 2002, como el primer presidente de extracción obrera y sindical de Brasil; la de Evo Morales Ayma, el 18 de diciembre de 2005, como primer indígena en llegar a la presidencia de Bolivia; o la de Michelle Bachelet, convertida el 15 de enero de 2006 en la primera mujer presidenta de Chile. A esos hechos siguieron la llegada de Cristina Fernández de Kirchner, como primera mujer elegida presidenta de Argentina, el 28 de octubre de 2007; el triunfo de Fernando Lugo, el 20 de abril de 2008 en Paraguay, que lo convirtió en el primer exobispo católico en gobernar un país; o la victoria de Dilma Rousseff, el 31 de octubre de 2010, que hizo que el Palacio del Planalto no fuera ya patrimonio exclusivo de hombres. Más al norte, en el país más poderoso de la Tierra, el 4 de noviembre de 2008 ya había quedado anotado como el día en que por primera vez un negro fue elegido para tomar las decisiones desde el Despacho Oval de la Casa Blanca.
Más allá de los vaivenes posteriores que rodearon a todos estos hitos, cada uno de ellos, en mayor o menor medida implicó vientos de cambio, con distinta intensidad y, a veces, dirección. Pero todos se han dado en la primera década de este nuevo siglo y milenio que nos tiene como sus pasajeros.
Si siempre hay una primera vez para todo (o casi todo), quizá esta sea la primera vez en que coincidan en lugar y momento tantas primeras veces.
Aunque sin elección popular, con una estructura rígida, tradiciones repetidas por los siglos de los siglos y pujas internas y externas que trascendieron más allá del secreto de los últimos cónclaves, la elección de Francisco como máxima autoridad de la Iglesia adquiere una trascendencia singular.
La historia del primer papa argentino, el latinoamericano, el jesuita, apenas ha escrito su semana inicial. Y aunque recién se han visto sus primeros pasos, las señales dadas por quien instó a la Iglesia a “caminar” sugieren un tiempo diferente.

