El hombre que sonreía
Todos quisieron aparecer a su lado. Desde Michael Jackson hasta Tim Robbins, pasando por Beyoncé, Bono, Sidney Poitier y Naomi Campbell, entre muchos otros artistas y celebridades.
Como el Conde de Montecristo, estuvo preso en una isla infernal. De ahí en más, todo es diferente.
Edmond Dantés sobrevivió al tormento del encierro en el castillo de If, gracias al mapa de un tesoro que llegó a sus manos en el siniestro presidio que se encuentra en la Bahía de Marsella. Se salvó de la locura porque concentró su inteligencia en planificar la venganza que ejecutaría contra quienes lo habían traicionado. Y al salir de la isla carcelaria, inmensamente poderoso por el tesoro encontrado, Edmond Dantés se vengó uno por uno de quienes lo habían hecho encarcelar.
Nelson Rohilahla Mandela también padeció el encarcelamiento en un presidio insular, donde los sufrimientos parecían diseñados para deshumanizar a los reos. En aquel largo tormento, encontró un tesoro que lo mantuvo vivo y lo salvó de la locura. Pero era una riqueza muy distinta a la que financió la venganza del personaje de Dumas.
Durante aquellos días sin tiempo, Mandela encontró en la quietud y el sufrimiento algo más que una inmensa lucidez. Su inteligencia alcanzó el rango de sabiduría mientras los padecimientos que debían bestializarlo lo dotaron de magnanimidad. Por eso, cuando finalmente abrieron las rejas, lo que salió del claustro no fue ni un loco, ni un salvaje, ni un amasijo de justificados odios con implacable sed de venganza. Salió un hombre imponente. El dueño de una mirada y una sonrisa tan inmensamente humanas que podían generar revoluciones sin muertos ni rencores. Y eso fue lo que hizo Mandela.
La lucha
Cuando no hay bruma sobre el mar, desde Ciudad del Cabo se distingue el perfil de la isla Robben. Albergó un manicomio y un leprosario hasta la conformación de la Unión Sudafricana. Desde entonces fue una cárcel de la que era imposible escapar.
La Sección B de aquel presidio estaba destinada a los presos políticos. Allí estaba la celda número 5, un par de claustrofóbicos metros cuadrados con ventana a un patio interno, huérfana de cielo y de mar.
Mientras para los mestizos y las razas provenientes de la India la dieta era más variada y se dormía en colchón, para las razas bantúes la comida cerraba el apetito y la noche se pasaba en una estera. Y si el reo negro era un rebelde, las visitas se reducían a media hora cada seis meses, mientras que la tortura habitual eran largas horas en “el cuadrado”, un habitáculo rectangular donde sólo se podía permanecer parado. Cuando las rodillas se doblaban de cansancio, el enclaustrado descendía varios escalones en el infierno de la incomodidad insoportable.
En la Sección B de Robben Island la gente moría, enloquecía o se deshumanizaba hasta las escalas más elementales de la animalidad. Pero no fue eso lo que ocurrió en la celda número 5. Allí estaba el preso 466/64. Un príncipe de la etnia xhoxa que podría haber heredado el trono del clan más poderoso de una vasta tribu, pero que, sin embargo, había decidido luchar contra el régimen de segregación racial instaurado en 1948. El apartheid, ideado por Hendrick Verwerd y sus discípulos racistas de la Universidad de Stellenboch, rigió desde que llegó al poder el Partido Nacional, y se convirtió en el instrumento político de unificación de la minoría blanca, autoconsiderada tribu: la afrikaans.
Consistía, a grandes rasgos, en dividir tribalmente el territorio sudafricano, concediendo a cada tribu bantú un país o “bantustán” y dejando en manos de los blancos el homeland, que, por cierto, era un territorio rico. Los blancos sólo podían entrar a un bantustán con permisos especiales y a los bantúes también les exigían permisos para incursionar en territorio blanco. Los negros que trabajaran en los espacios blancos debían habitar los guetos de las ciudades en las que todo en los espacios públicos estaba separado para blancos y no blancos.
Por no aceptar ese engendro racista, Mandela se unió a Walter Sisulu y a Oliver Tambo en el Congreso Nacional Africano (CNA). Juntos habían encabezado la Campaña de Desobediencia Civil de 1952. Pero cuando el régimen respondió con brutalidad represiva a la resistencia política, nació el Umkhonto We Siswe, que en lengua xhoxa significa “Lanza de la Nación”.
Mandela fue uno de los jefes de ese brazo armado del CNA. Había aceptado al Partido Comunista en el liderazgo, aunque rechazaba la consigna de echar a los blancos al mar por la que Robert Sobukwe terminó escindiéndose y creando el más radicalizado Congreso Pan Africano (PAC).
El príncipe tribal, dotado de una poderosa inteligencia, había aprendido el ABC del marxismo y diseñaba una sociedad sin clases por construir sobre las ruinas del sistema de segregación racial.
Bajo su jefatura, el Umkhonto We Siswe no cometió ningún acto terrorista y protagonizó pocos enfrentamientos armados. Era más una fuerza defensiva que una organización para realizar ataques. Sin embargo, durante el largo período que pasó en prisión se lo trató como a un terrorista sanguinario.
La grandeza
En su celda de Robben Island, Mandela leyó y releyó In Hospital, o, más precisamente, un poema escrito en 1875 e incluido en ese libro. Su autor, William Ernest Henley, había padecido en lúgubres hospitales la enfermedad que derivó en la amputación de su pierna. Esa marca física y su amistad con Stevenson lo convirtieron en la inspiración de John Silver, el memorable pirata de la pata de palo en La Isla del Tesoro.
En el poema de Henley, el reo número 466/64 encontró su proclama personal: “Soy dueño de mi destino y capitán de mi alma”. Aprender a colocar su verdadero “él” lejos del alcance de sus carceleros implicó adueñarse de sí mismo. Un acontecimiento que nada tendría que ver con la política, de no ser por el inmenso compromiso de Mandela con lo humano. Adueñarse de sí mismo fue el inconmensurable tesoro que encontró en esa isla, tan distinta a la de Stevenson y tan parecida a la de la Bahía de Marsella donde padeció Dantés.
No fue el único caso. Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil, estuvo tres años enjaulada en la siniestra “torre de las doncellas” de la cárcel paulista. El tesoro que allí encontró fue la profundización de sus conocimientos sobre economía y la pasión por los clásicos de la literatura universal. Esas lecturas tan distintas nutrieron una inteligencia muy particular a la hora de entender lo humano. Por eso, al salir de la prisión, Rousseff no se dedicó a ejecutar venganzas, sino a utilizar esa riqueza de conocimiento en el terreno de la función pública.
Lo de Mandela fue más imponente aún. Estuvo 18 años absolutamente incomunicado con el mundo, ya que sus carceleros le impedían informarse; sin embargo, emergió dotado de una lucidez increíble para entender la historia, el presente y el futuro.
El fenómeno crecía también fuera de Robben Island. Su liderazgo se agigantaba en lugar de extinguirse. Y creció mucho más cada vez que el presidente racista Pieter Botha le ofreció la libertad a cambio de que aceptara el apartheid. Cada vez que le abrieron la celda haciéndole esa oferta, Mandela la rechazó. La elección de un enclaustramiento con dignidad antes que una libertad indigna convirtió a Mandela en un mito viviente.
Desde sus claustrofóbicos dos metros cuadrados, estaba doblegando a la poderosa minoría blanca y su oprobioso régimen de segregación racial. Lo entendió el último presidente blanco. Por eso Frederik de Klerk se convirtió en una suerte de Gorbachov sudafricano al liberar a Mandela y conducir la transición hacia una democracia multirracial.
De Klerk enterró el sistema que lo había llevado al poder. Lo hizo no sólo por entender que el apartheid no tenía futuro fuera de la vergonzante cuarentena que le imponía el mundo. También, por percibir la grandeza del líder negro. Esa magnanimidad con la que el presidente Nelson Mandela desmanteló el apartheid y democratizó el país, evitando una revancha que habría hecho correr ríos de sangre.
Por haber convertido a un país aislado y repudiado en una potencia regional con gran futuro, Mandela habría sido reelegido con el voto de negros y blancos. Pero prefirió fortalecer la democracia con la alternancia de presidentes. Quien tiene verdadera sed de justicia no tiene sed de poder.
Es posible incluso que haya valorado más el título de “Madiba” que le dio el consejo de ancianos tribales que el Premio Nobel de la Paz. Y seguramente amó más que lo llamaran mkhulu (abuelo), al título de presidente.
Así fue el hombre que salió de una siniestra prisión insular. Igual que el personaje de Dumas, encontró un tesoro. Pero, a diferencia del Conde de Montecristo, no sobrevivió planificando una venganza, sino una imponente liberación.
*Especial

