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El gobierno del mago

Si les pedía abiertamente a esas masas oprimidas, pisoteadas y humilladas por la brutalidad de medio siglo de “apartheid” que abrieran la mano y perdonaran, todo aquel plan podría naufragar.

10 de diciembre de 2013 a las 04:35 p. m.
Nelson Gustavo Specchia*
El gobierno  del mago
Cuando se trataba de reunirse con líderes internacionales. Mandela no hacía diferencias. Visitó o fue visitado por personajes tan disímiles como George W. Bush (AP/Archivo).

“Nelson Mandela ha muerto”. Termina la historia de una vida terrible y magnífica, la de un hombre que se superó a sí mismo y con ello contribuyó a pacificar una sociedad desgarrada. Ese hombre que, también, fundó un sistema político multiétnico, condujo una transición pacífica en un entorno que deseaba dejarse caer en una orgía de venganza, y –renunciando a la perpetuación personal en el ejercicio del poder– dejó sentadas las bases para el crecimiento democrático genuino de un nuevo país. Y Nelson Mandela tuvo que idear y aplicar esa radical novedad política casi en soledad. Contra su propia historia, contra su partido, contra sus amigos, contra una parte del mar popular que lo había llevado hasta el poder. Inclusive, contra sus afectos más cercanos.

Porque ese 80 por ciento de población negra sudafricana, que había sido largamente oprimida por la minoría blanca y la bochornosa segregación del apartheid, esperaba que el Mandela que saliera de la cárcel fuese la misma persona que había ingresado a aquella celda casi tres décadas atrás. El guerrillero, el huelguista, el que avalaba la resistencia armada, el saboteador, el vindicador de la negritud y el africanismo. Pero no. De la cárcel salió otra persona. Y ese otro, como un prestidigitador de feria, sacaría de la galera conejos y pañuelos de colores que nadie esperaba. Un mago que impuso la reconciliación, y salvó a Sudáfrica de una guerra civil que la habría desangrado.

El activista clandestino

Mandela, uno de los primeros hombres de raza negra que lograba obtener un diploma de abogado, se afilió al Congreso Nacional Africano (ANC) en 1942, una estructura política que replicaba la lógica tribal, patriarcal y conservadora. Mandela, junto con Anton Lembede William Nkomo y Oliver Tambo, se lanzó a convertir el ANC en una organización de masas. La metodología que escogió asumía la violencia como la vía natural para enfrentar al Partido Nacional, que desde 1948 impuso la ideología del apartheid. Mandela logró que el ANC adoptase la política de huelgas, desobediencia civil y no cooperación.

Una década después de haber ingresado al partido, Mandela ya mandaba. En 1952, propugnó la desobediencia civil masiva para resistir la aplicación de leyes discriminatorias, y, a raíz de este activismo, durante todos los años ’50 se lo proscribió, detuvo y reprimió. Para 1960, la resistencia pacífica había sido reemplazada por acciones armadas; y, tras la Masacre de Sharpsville, Mandela volvió a la cárcel y el ANC fue declarado ilegal. En la Conferencia Pan-Africana de 1961, realizó una encendida convocatoria a tomar las armas, al frente del comando Umkhonto We Sizwe (“Lanza de la Nación”). El comando se había organizado siguiendo el modelo de las guerrillas judías, con la colaboración de activistas judíos como Denis Goldberg y Lionel Bernstein. Mandela fue la cabeza visible del alzamiento armado, y pasó a integrar la lista de terroristas peligrosos de las Naciones Unidas.

En 1961 se reunió la Conferencia de Todos los Africanos, y el orador principal fue Nelson Mandela. En su discurso exigió el fin del apartheid, o los negros instalarían su propia república; pasó a la clandestinidad para dirigir la campaña.

Detenido y juzgado por terrorismo, el líder revolucionario fue condenado a cadena perpetua y recluido en la prisión de Robben Island. Fue el “negro 466/64”, un número que ya hoy acompaña su mito (el preso número 466, del año 1964). Durante los casi 30 años que pasó entre los muros de las cárceles, Nelson Mandela rechazó los ofrecimientos que el régimen de Pretoria le hacía, de reducir su sentencia a cambio de que renunciara a la violencia. El gobierno blanco veía que su figura subía como la espuma entre las masas populares, al tiempo que internacionalmente se convertía en una figura de referencia. Mandela los rechazaba una y otra vez, no renunciaba a la violencia, “los prisioneros no pueden asumir contratos, sólo pueden negociar los hombres libres”, decía.

El pueblo comenzaba a idolatrarlo, y esperaba con ansias que llegase el momento de poner en práctica esa violencia propia de los movimientos de liberación, a la que Madiba no renunciaba.

El hombre libre

El 11 de febrero de 1990 (tras unas intensas negociaciones con el presidente Frederik de Klerk, con quien compartiría el Premio Nobel de la Paz en 1993), Mandela fue puesto en libertad. Al año siguiente, en la primera conferencia del ANC celebrada después de décadas de proscripción, fue elegido presidente del partido.

Y entonces comenzaron a salir los conejos de la galera. Todos esperaban la señal para largarse a la calle, el temido “rodillo negro” que los blancos anunciaban que pasaría por los barrios altos de Pretoria. Pero el hombre que había salido de la cárcel ya no era el mismo que había entrado. Había utilizado esos largos años para aprender, y para diseñar un plan. Pero si lo difundía, si les pedía abiertamente a esas masas oprimidas, pisoteadas y humilladas por la brutalidad de medio siglo de apartheid que abrieran la mano y perdonaran, todo aquel plan podría naufragar.

Hizo un intento; les anunció que renunciaba efectivamente a la lucha armada, en un memorable discurso en el estadio de Soweto, colmado. Moderación y cooperación fueron las palabras de esa tarde, y el radicalismo, la negritud nacionalista y socialista, quedó pasmado. ¿Y la revolución? –se preguntaban–. ¿Y la venganza?

Lo intentó, entonces, con algunos de su entorno más inmediato. Y también fracasó. El 13 de abril de 1992, anunciaba su divorcio de Winnie, la esposa que había aguardado a la puerta de las cárceles durante tres décadas. Ella encarnaba el populismo radical y la retórica violenta de los grupos más duros. El extremismo de Winnie incluía la defensa del terrible ajusticiamiento conocido como necklacing (una cubierta de auto con nafta que se ponía alrededor del cuerpo del ajusticiado, y se le prendía fuego), con el cual los guerrilleros del ANC eliminaban a aquellos acusados de traidores a la causa negra. El plan de Madiba era otro.

El 9 de mayo de 1994, Nelson Mandela fue elegido presidente de la República, y asumió al día siguiente. Y recién entonces descubrió sus cartas, una a una. Confió a los blancos del otrora partido segregacionista sectores clave, como la dirección económica y la alta empresa, o los incluyó en un régimen de cogestión en la defensa y en la seguridad interior.

Les puso el cuerpo a los duros del ANC, y evitó que pasara el “rodillo negro”. Y, de una manera extraordinaria, echó a andar durante su presidencia un sistema político nuevo, original, arriesgado y con altibajos, pero que mantuvo la línea y evitó la permanente tentación de soltar la guerra civil. Además de la negritud radical, desarmó a la extrema derecha racista blanca.

Políticas acertadas

Mediante la estrategia macroeconómica de crecimiento, empleo y redistribución (Gear), controló la política monetaria antiinflacionaria y la disciplina fiscal con presupuestos prudentes. No dio lugar a conatos socializantes (como la reforma agraria para acabar con el monopolio blanco de las tierras) y fue seleccionando cuidadosamente políticas públicas reformistas que redistribuyeran la renta nacional, disminuyeran las brechas sociales en función del color de piel y apoyaran el nacimiento de una nueva burguesía y una clase media negras.

Los blancos, a diferencia de lo ocurrido en Argelia, Zimbabue, Mozambique y Angola, no huyeron del país, y se quedaron a apostar por el modelo de este particular mago de feria, que también a ellos los había sorprendido.

Cuando se vieron los resultados –un nuevo Estado multiétnico, unos 50 millones de habitantes que hablan en 11 diferentes idiomas oficiales, un paraíso natural donde las diferencias sociales que parecían estructurales e insalvables se van paulatinamente limando–, Mandela se convirtió para siempre en Madiba.

Al renunciar a la reelección en la cúspide de su popularidad, el líder daba otra lección: “Sudáfrica debe poder andar sin mí”, les decía. En estos momentos habrá que volver a pensar en el significado de esas palabras.

*Politólogo