El deporte como bandera
La Fifa había ejercido toda la presión de su poder y casi había obligado a que el líder sudafricano asistiera, aunque fuera unos pocos minutos, a la final del Mundial.
El estadio enmudeció de repente y al silencio conmovedor le siguió una expresión que se tradujo en el típico sonido de la admiración. Aquella fría noche del 11 de julio de 2010 será recordada como la última gran aparición multitudinaria de Nelson Mandela.
La Fifa había ejercido toda la presión de su poder y casi había obligado a que el líder sudafricano asistiera, aunque fuera unos pocos minutos, a la final del Mundial. Acorralada, la familia accedió y, con todos los achaques propios de la edad, a lo que se le sumaba una temperatura muy baja y la tristeza por la muerte de su bisnieta Zenani, de 13 años, apenas 35 días antes, “Madiba” asomó por el túnel abrigado hasta los ojos y acompañado por su esposa.
La sonrisa contagiosa y el suave movimiento de una mano levantada eran las señales con las cuales agradecía tanto cariño de las 80 mil personas de todo el mundo que desbordaban las tribunas, mientras el carrito hacía un paseo relámpago por el césped donde minutos después españoles y holandeses definirían cuál sería el nuevo e inédito campeón mundial.
Tuvo que ser el Soccer City, reducto del histórico primer discurso posterior a su liberación en 1990, tras 27 años de cárcel, el que cobijara esa imagen inolvidable. Estaba por concluir uno de los tantos desafíos por los cuales él se había jugado: el Mundial de fútbol. Y estaba por terminar con éxito, dándole una vez más la razón de que se había jugado por una causa posible.
De verde y amarillo
En la vida de Mandela y de Sudáfrica, el deporte cumplió un papel determinante a la hora de la ansiada reunificación y democratización luego del destructor y cruento apartheid. Si esa foto suya de aquella noche de julio del año pasado fue histórica, mucho más lo había sido aquella de la tarde del 24 de junio de 1995, cuando Mandela, vestido con la camiseta verde de cuello amarillo número “6” del seleccionado sudafricano de rugby, le entregó la Copa del Mundo al capitán François Pienaar.
Ese día, 70 mil personas corearon una y otra vez el nombre de su presidente en el Ellis Park de Johannesburgo, antes, durante y después del partido en el cual la selección local le ganó 15 a 12 a los poderosos All Blacks neozelandeses en un dramático alargue.
La coronación de los Springboks como nuevos campeones mundiales significó para ese país mucho más que la simple obtención de un título. Fue la demostración de que una nueva nación era posible y Mandela fue el visionario que divisó que el rugby podía ser el medio por el cual el país volviera a unirse en pos de un objetivo.
Él había hecho la lectura que ese deporte, bandera de los blancos, podía ser usado como un instrumento para construir la unidad, aunque sabía que tendría que batallar contra la resistencia de la mayoría negra luego de tantos años de sufrir la opresión, y contra la resistencia de la minoría blanca, que no estaba dispuesta a resignar un centímetro de poder.
Un año antes del Mundial y convencido de que el deporte podía lograr lo que ningún discurso haría a la hora de despertar sentimientos, Mandela llamó a su despacho en el imponente Union Buildings de Pretoria, la sede del gobierno sudafricano, al capitán Pienaar y le transmitió su estrategia.
El rugbier tenía que convencer a sus compañeros, entre los cuales durante la Copa sólo hubo un negro (el wing Chester Williams), de que hicieran todo lo posible para que la población de color se identificara con ellos. Y Mandela se comprometió a hacer lo necesario para que la mayoría negra apoyara al equipo.
El plan funcionó a la perfección. Los jugadores aprendieron a cantar la parte del himno nacional en zulú y, de a poco, se ganaron el afecto de todos.
El respaldo de Madiba, siempre con el mensaje justo para transmitir la pasión indispensable para jugar un deporte de contacto como es el rugby, resultó una inyección anímica única para que los jugadores supieran que entrarían a la cancha representando al corazón de millones de sudafricanos.
Todo hasta llegar a aquella histórica tarde de junio, cuando Sudáfrica fue campeón en la primera Copa del Mundo que participó, ya que, como consecuencia del apartheid, no había jugado en Australia-Nueva Zelanda 1987 e Inglaterra 1991.
Mandela logró su objetivo y el país, que esa noche bailó orgulloso y codo a codo junto con sus gigantes gladiadores, dio otro paso clave hacia una unificación por la que aún lucha. Años más tarde, el líder volvería a aparecer determinante para que su pueblo recibiera orgulloso el Mundial de Fútbol, el deporte preferido por la mayoría negra. Y, otra vez, el objetivo se cumplió. También en ese sentido, Nelson Mandela puede descansar en paz.

