De la barbarie al Gran Sueño
En la segunda posguerra, las nuevas generaciones de marginados comenzaron a movilizarse para reconquistar la dignidad usurpada por los europeos.
“La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta las naciones más salvajes. La baratura de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer. Las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización; es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza...”.
Esta descripción del imperialismo europeo, que comenzaba a expandirse como una gangrena a mediados del siglo 19, lleva las firmas de Karl Marx y Friedrich Engels, y está engarzada en uno de los mejores documentos políticos que se hayan publicado nunca: El manifiesto comunista, de 1848.
Marx y Engels ajustarán cuentas con el imperialismo en obras posteriores, que, de hecho, contribuyeron a derrumbar el imperialismo europeo, uno de los más inicuos sistemas de dominio y explotación de pueblos ancestralmente adormecidos.
“La carga del hombre blanco”
La autoasignada misión del hombre blanco de despertar a los pueblos extracontinentales de sus sueños milenarios (vejándolos y saqueándolos aborreciblemente), descripta alguna vez por Rudyard Kipling, vate mayor del imperialismo inglés, como “la carga del hombre blanco”, generó infames excrecencias, desde el tráfico y exterminio de esclavos (solamente en el Congo, los belgas mataron a más de ocho millones de congoleses, un genocidio prolijamente olvidado) hasta el apartheid, que agravió a la humanidad hacia fines del siglo 20.
El naciente capitalismo transformó las comunidades negras en bienes transables, llevando a escala planetaria el antiquísimo calvario de la esclavitud. En su excelente obra El imperio británico. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial, Niall Ferguson incluye un nauseabundo testimonio de un traficante de esclavos, quien, al intentar una justificación de su cruel negocio, escribía a su esposa: “Las tres grandes bendiciones de que la naturaleza humana es capaz son la religión, la libertad y el amor. Con cada una de estas, ¡cuánto me ha distinguido Dios! Pero hay naciones enteras a mi alrededor, cuyas lenguas son totalmente distintas entre sí, aunque creo que todas coinciden en no tener palabras para expresar estas ideas: de lo que concluyo que estas ideas no tienen lugar en sus mentes”.
Y bien, el autor de ese ejercicio barato era un pastor, el pastor John Newton (nada que ver con Isaac, el de la manzana). Este John Newton fue párroco de St. Peter y St. Paul, en Londres, entre 1764 y 1779; clérigo devoto y compositor de uno de los himnos religiosos más apreciados en el mundo anglosajón: Amazing Grace. Durante seis años se dedicó a la trata de esclavos, mientras ejercía su rentable acción pastoral en África.
Entre 1662 y 1807, más de 3,5 millones de esclavos africanos fueron transportados desde África a Europa y al continente americano en navíos británicos, y miles de ellos fueron adquiridos y vendidos por Newton, que se había transformado en propietario de barcos negreros. A su vez, se estima que los traficantes islámicos capturaron a unos 18 millones de africanos entre los casi 13 siglos que van de 650 a 1905, mientras que los países occidentales devastaron las costas occidentales de África desde la segunda mitad del siglo XV hasta 1867. Cuando cesó en gran parte de Occidente ese vil comercio, se habían vendido entre 7 y 10 millones de personas.
Racismo legal
La más brutal y estúpida de las aberraciones racistas la produjeron en Sudáfrica los descendientes de colonos ingleses y holandeses (boers).
Por cierto, la discriminación se implantó desde el momento en que los europeos se apoderaron de ese territorio, y fue practicada durante más de un siglo sin un marco legal, bajo la denominación de “apartheid” (separación).
Recién en 1948, el Partido Afrikáans, que había ganado las elecciones el año precedente, dio un marco presuntamente legal a la legislación racista. Ese partido estaba dirigido evangélicamente por otro pastor protestante, Daniel François Malan, quien infirió un clamoroso fraude a su antagónico y también cristiano Partido Unido.
El apartheid fue siempre una práctica inmoral, y lo más alejado del espíritu del Sermón de la Montaña. Todo lo imaginable en materia de humillación de la especie humana fue incluido en la legislación. Los sudafricanos fueron divididos en cuatro grupos, según el color de su piel. Los blancos (20 por ciento de la población) ocupaban la cima del poder, mientras los negros sobrevivían en el subsuelo; en el medio, los mulatos, descendientes de cruzas de mujeres bantúes y joisanes con fogosos europeos, que seguramente arderán por toda la eternidad en el infierno por haber yogado con negras.
Todos los lugares públicos (playas, ómnibus, ferrocarriles, hospitales) destinados a los negros solían carecer de servicios adecuados. En los hospitales, particularmente, no había suficiente personal médico ni medicamentos básicos para situaciones de emergencia o de epidemia. Las escuelas (el Estado gastaba solamente un 10 por ciento del presupuesto educacional en alumnos negros), los juzgados, oficinas de correos y hasta los baños y los bancos en los parques estaban segregados. En muchos de ellos, el ingreso de la gente de color estaba absolutamente prohibido.
Los negros sólo podían ser empleados y mal pagados (cobraban menos del 50 por ciento de lo que percibía un blanco por igual trabajo). Asimismo, estaban obligados a llevar permanentemente consigo un documento, y debían obtener pasaporte para trasladarse a determinadas regiones del país.
Eran frecuentemente desarraigados y concentrados en zonas desprovistas de agua corriente, cloacas o electricidad. Unos tres millones de personas fueron desplazadas de sus hogares ancestrales para dar lugar a la ampliación de las ciudades para los blancos.
Se les negaba todo derecho político. Recién en 1983 se reformó la Constitución para crear un parlamento de color, integrado por mulatos y descendientes de indios (debe recordarse que el Mahatma Gandhi inició en Sudáfrica su inmortal gesta política), pero ese parlamento de color quedaba subordinado al parlamento de los blancos...
En la segunda posguerra (cuando la más nefasta de las experiencias racistas de la historia, el nazismo, yacía bajo los escombros del Tercer Reich), las nuevas generaciones de marginados comenzaron a movilizarse para reconquistar la dignidad usurpada por los europeos.
África vivía un sorprendente proceso de descolonización y Occidente terminaba por aceptar que las teorías de la superioridad racial eran un delirio de alucinados.
Matanza y movilización
El 21 de marzo de 1960, las fuerzas de seguridad del Estado perpetraron la matanza de Sharpeville, donde se habían reunido activistas negros que procuraban crear un movimiento contra las vejaciones de las discriminaciones. Casi 70 personas –todas negras– murieron baleadas por la espalda.
La protesta internacional acentuó el aislamiento del gobierno blanco, cuyos representantes fueron expulsados de distintos organismos internacionales.
La movilización de las mayorías segregadas se intensificó, tanto, que en 1963, el primer ministro, Hendrik Frensch Verwoerd, declaró el estado de emergencia seguido por la detención de casi 20 mil personas, entre ellas un tal Nelson Mandela (julio de 1963).
De las protestas pacíficas se pasó a la acción armada. Verwoerd fue asesinado el 6 de septiembre de 1966, pero sus sucesores, B. J. Vorster y P. W. Botha, mantuvieron las políticas racistas.
Los sudafricanos siguieron el ejemplo de tantos otros pueblos africanos, fundamentalmente de Argelia, cuyo Frente de Liberación Nacional derrotó al ejército francés de ocupación, el cuarto mejor ejército del mundo. Se combatía en Angola, Mozambique, Etiopía, Somalía, en Rhodesia (hoy Zimbabue) y en el Congo, que ya había ofrendado el martirio de Patrice Lumumba a la causa de la liberación africana.
Ya nada pudo detener el avance hacia la independencia y el final de ese ominoso extravío de la razón llamado racismo. Entre 1990 y 1991 fue desmantelado el apartheid. En marzo de 1992, por última vez, votaron solamente los blancos, que instaron al gobierno a negociar para poner fin a la discriminación y al rechazo mundial por ella provocada.
En el famoso juicio de Rivonia (junio de 1964), Mandela y otros siete disidentes políticos habían sido condenados por traición y sentenciados a cadena perpetua. La fama de ese juicio la dio el histórico mensaje del líder africano: “He luchado contra la dominación de los blancos y contra la dominación de los negros. He deseado una democracia ideal y una sociedad libre en la que todas las personas vivan en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal con el cual quiero vivir y lograr. Pero si fuese necesario, también sería un ideal por el cual estoy dispuesto a morir”. Pero vivió para ver realizado su sueño.
*Periodista

