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Aquella eterna noche en que quedamos solos

El infierno de Vitória nos retrotrae en el acto a las tenebrosas postales de lo que fue aquella larga noche del 3 de diciembre de 2013, cuando la Policía de Córdoba se autoacuarteló. Con la Policía en huelga, Vitória cuenta sus muertos

09 de febrero de 2017 a las 12:01 a. m.
Aquella eterna noche en que quedamos solos
Paralelismo. La imagen de saqueos en un supermercado del sudoeste de Córdoba, en la caótica noche del 3 de diciembre de 2013. (Martín Baez)

Sencillamente es imposible. Cómo ver todas esas terribles imágenes de la violencia y barbarie que se viven en distintas calles de Vitória, Brasil, y no trasladarse en el tiempo a lo que sufrimos en Córdoba hace apenas tres años y un par de meses.

Salvando las enormes distancias de las decenas de cadáveres que no dejan de contarse en territorio brasileño, aquel infierno nos retrotrae en el acto a las tenebrosas postales de lo que fue aquella larga noche del 3 de diciembre de 2013, cuando la Policía de Córdoba se autoacuarteló.

El resultado no pudo ser peor. Afuera la ley de las calles de la Capital, cientos de hombres y mujeres salieron a cometer saqueos, mientras otras tantas hordas de vecinos salían de sus casas para defenderse como podían.

En ese caos y descontrol, no fueron pocos los supuestos buenos ciudadanos que dejaron salir lo peor de sí y se convirtieron en fieras descontroladas que salían a repartir balas, palos o palizas a quienes creían que eran delincuentes. Fue la noche en la que nos dejaron solos.

El acuartelamiento de los policías cordobeses surgió como se inician todas estas clases de protestas: reclamos por sueldos y autoridades que miran para otro lado. El hartazgo de los azules llegó a límites sin retorno y –como ya lo habían hecho en 2004– dejaron de trabajar.

Los móviles desaparecieron y, a pesar de que algunos comisarios salieron a patrullar con grupos especiales, el grueso de la flota policial estuvo ausente.

La eterna noche se convirtió en día y los saqueos jamás frenaron en distintos puntos de la Capital. No importaban que los blancos fueran grandes comercios o pequeños cuentapropistas. La persiana de chapa o la vidriera se destruía y las hordas saqueaban.

En ese marco, mientras algunos se encerraban, cientos de vecinos ganaron las calles con armas y palos y montaron barricadas. Otros salieron de cacería para “darle” al que les parecía sospechoso. Sobre todo si iba en moto.

A todo esto, las autoridades provinciales pedían una ayuda al Gobierno nacional, que llegaría muy, pero muy tarde.

El saldo trágico fue de dos muertos y decenas de heridos.

Ninguna autoridad pidió disculpas. Hubo una purga policial, el aumento a los uniformados llegó, pero al mismo tiempo el Gobierno sacó una ley que impide que vuelvan a protestar. Además, hizo acelerar un proceso judicial contra 58 oficiales. El juicio será en meses.