Aniversarios con aroma a despedida
Curiosa semana esta de octubre, en la que aniversarios cruzados mezclaron otras partidas sin adiós o viajes sin el retorno esperado.
Días atrás, en el diario español El País, Josep Ramoneda hacía una excelsa evocación de Manuel Vázquez Montalbán, de cuya muerte en el aeropuerto de Bangkok se cumplirán el próximo viernes 10 años. Su conmovedor relato de “Diez años sin Manolo” y su exacta descripción como escritor, periodista y militante de todas aquellas causas que consideraba justas y humanas, trasladó a quien suscribe estas líneas a aquella mañana de 1991 en la que el creador del detective Pepe Carvalho, el autor de Galíndez, el periodista que ponía en jaque con sus columnas a la clase política española, abría la puerta de su casa de Vallvidrera, junto a las alturas del Tibidabo, con la sierra de Collserola a sus espaldas y la magnífica vista de su amada Barcelona desparramada cielo abajo.
El nexo para la entrevista había sido Gemma Calvet, hoy diputada catalana, y entonces compañera de este cronista en las clases de Sociología Jurídica o Criminología Crítica que Roberto Bergalli impartía en el Cidob, en pleno corazón del Raval, donde Manuel creció. Gemma había conocido a Vázquez Montalbán en un grupo de solidaridad con el pueblo kurdo, una de las tantas causas a las que el escritor prestaba su atención y apoyo.
La entrevista sobre el mundo y el nuevo orden internacional incipiente en los ’90, al que Vázquez ubicó “entre la doble moral y la no verdad” (regalando el título con que se publicó la nota en La Voz del Interior), devino en charla sobre distintos temas, entre ellos los grandes cambios “sufridos” por su amada Barcelona a raíz de las obras por los Juegos Olímpicos del ’92, muchas defenestradas con su pluma.
Sus irónicas alusiones a la hegemonía estadounidense y a la mutación política en la que comenzaban a entrar Europa, España o Cataluña vinieron a la mente leyendo a Ramoneda, como así también el arrepentimiento por el pudoroso “no, gracias” con que uno desechó la invitación a comer algo.
La noticia de su muerte repentina, el 18 de octubre de 2003, en un aeropuerto de la Asia que nos suena desde aquí tan remota, trajo la sensación de que este mundo complejo se quedaba sin un magistral intérprete, un descifrador crítico de apariencias que ocultan verdades. Además, aunque la muerte suele no avisar día y hora o lugar de llegada, dejó la sensación de que una historia como la de Vázquez merecía un final con despedida.
Curiosa semana esta de octubre, en la que aniversarios cruzados mezclaron otras partidas sin adiós.
El pasado día siete se cumplió un año de la última victoria en las urnas de Hugo Chávez, por más de 11 puntos sobre Henrique Capriles. Por esos días de octubre de 2012, este enviado a Caracas vio muy de cerca en al menos cuatro ocasiones, junto a colegas de todo el mundo, al entonces presidente de Venezuela.
Más allá de los recaudos por la enfermedad que padecía, nada hacía pensar en que el mandatario que soportó un diluvio en el multitudinario cierre de campaña e interactuó a su modo con la prensa horas después de su enésimo triunfo, comunicaría dos meses más tarde su partida obligada a Cuba para un trance del que nunca se recuperó y que dejó a sus seguidores huérfanos de su palabra final, más allá del mensaje televisado en que ungió a Nicolás Maduro como sucesor.
Muchos se preguntan en la Venezuela de hoy qué le diría a su tropa Chávez, no como pajarito personificado, sino aquél de las largas arengas en las calles desbordadas de rojo. ¿Cómo juzgaría su comandante estos meses de gobierno de Maduro o sus tuits con imaginarios encuentros en el cielo entre John Lennon y Ernesto Che Guevara.
La mención del Che remite al 9 de octubre, fecha en la que, un día después de caer preso, fue ejecutado en La Higuera, Bolivia. Ese aniversario transporta a La Habana, Santa Clara y a Vallegrande, el pueblo boliviano donde el guerrillero muerto comenzó a transfigurarse en el revolucionario mítico cuya imagen no pudieron borrar 30 años de ocultamiento de un cadáver. Un cuerpo cuyos restos afloraron tras el paciente y minucioso trabajo de enviados cubanos y antropólogos argentinos.
Las dos veces que estuvo en Vallegrande, incluido el momento del hallazgo del Che y sus camaradas junto a la pista del aeródromo, este cronista trató de imaginar aquellos días de 1967 en una Bolivia hoy muy diferente. Y pensar en otra muerte, acaso esta vez elegida o prevista, lejos de afectos y sin despedirse.
No hace mucho en Alta Gracia, cuando la fecha de natalicio del Che coincidía con un Día del Padre, y sentado del otro lado de la mesa de un café estaba Camilo Guevara, uno del puñado de hijos pequeños que dejó en La Habana para bajar la revolución a Sudamérica, la pregunta fue cómo imaginaba él al Che de viejo. “Seguiría dando batalla”, respondió.

