El Dakar visto por seis periodistas de Mundo D: experiencias de una cobertura extraordinaria
Desde que esta competencia se instaló en Sudamérica, Mundo D estuvo presente en cada carrera. Acá, las visiones de todos los periodistas que cubrieron este evento: desde Eugenia Mastri hasta Agustín Caretó.
El Rally Dakar suele ser, para los que lo corren y lo viven, una experiencia única e inigualable, tanto por sus vivencias como por los riesgos.
Desde el 2009 esta carrera se disputa en Sudamérica y Mundo D siempre estuvo presente, aunque nunca repitió al mismo periodista. María Eugenia Mastri comenzó con la experiencia. Luego, viajaron Federico Giammaría, Gustavo Aro, Rafael Cerezo, Walter Kanqui y Agustín Caretó.
En 2015, el turno es de Joaquín Aguirre.
Por eso acá te queremos mostrar lo que vivió cada uno en su experiencia: tanto las cosas positivas como las negativas.
Tan único como querible
Por Eugenia Mastri (2009)
El viento de la Patagonia surcaba la piel con la misma vehemencia con la que el frío de la noche, en el desierto de Atacama, penetraba hasta los huesos. El sol partía la cabeza en una Fiambalá desconocida, que no dormía a la espera del paso del Dakar; y en la Córdoba fierrera por excelencia, el raid generaba colas y colas de gente que quería saber de qué se trataba esta monstruosa carrera de la que hablaba el país, espiando su corazón en el vivac montado detrás del Instituto Universitario Aeronáutico.
El Rally Dakar 2009 llegó a nuestro país tras la cancelación de la edición 2008 por amenazas terroristas sobre el territorio de Mauritania y representó un mundo nuevo por conocer. Para los pilotos, que corrieron durante 29 años en el Sahara; para los organizadores, que hicieron de este rally una marca mundial sobre terrenos hostiles y sin desarrollo y lo mudaron obligados a tierras repletas de civilización (o no tanto, para la soberbia de ellos); para el público, que en cada punto de nuestra extensa geografía esperó expectante al raid; y para los periodistas, que debimos nutrirnos del “espíritu dakariano” (imposible evitarlo) para vivir con plenitud una cobertura que exige 24 horas de trabajo durante dos semanas.
Porque en el Dakar cada etapa se larga de día; pero nadie tiene asegurada su suerte de noche. Ni en la ruta ni en el campamento.
Por eso, las historias nunca se acaban; ni perecen. Una muerte puede sorprender a un piloto en carrera y transformarse en noticia tres días después. Y ese mismo deceso puede disparar las lágrimas de un desconocido o un frío “así es el Dakar”, en el propio mecánico del piloto fallecido.
Carpa y estacas, para mí. Una especie redondel de tela que volaba y aterrizaba en el piso con la perfecta forma de una “tienda de campaña”, para los amigos españoles.
Las diferencias se sienten en la austeridad del Dakar, pero se disfrutan con la misma intensidad. Y ese mismo “hilo” de agua fría que te hace extrañar tu casa como nunca en tu primera ducha de la carrera, acompaña el llanto melancólico cuando todo llega a su fin. El Dakar se hace querer, y es imposible de olvidar.

El yin y el yang
del periodismo
Por Federico Giammaria (2010)
El Rally Dakar es una experiencia periodística incomparable. Quizá África haya sido una aventura extrema (según cuentan los que lo cubrieron allí), pero Sudamérica le dio a la carrera un salto mediático diferente, y la magnificó. Todos lo que, alguna vez, trabajamos en la prueba sentimos que nada será igual. Para bien... y para mal.
Para entrarle a la carrera hay que hacer un pacto con la prueba. Creer que todo lo que pasa cada día es auténtico. Que cada participante es un aventurero rebelde y valiente que se juega la vida por un ideal supremo. Y sentir, cuando se toma el primer avión Hércules, que no habrá nada más que desierto, montañas y campamentos durante dos semanas (aunque las ciudades estén a metros).
Si un periodista es capaz de sentirse parte de esa metrópoli de ficción entonces no habrá experiencia similar. Porque ya en esa sintonía, las historias que se contarán cada atardecer serán la mejor materia prima para cualquier nota. No hay otro evento deportivo que pueda darnos tanto para compartir con nuestros lectores. El Dakar es una mina de oro para cualquier periodista.
Ahora bien, si por algún momento uno se aisla de la aventura y mira el Dakar como lo que es -un negocio gigante-, será testigo de una puesta diferente. Los franceses de ASO, dueños del Rally, hacen de cada campamento un país propio, con reglas y arbitrariedades indiscutibles. Su comportamiento suele rayar con la soberbia y allí manda la ley de los foráneos.
Los europeos, en muchos casos, sienten que llegan a territorio exótico. No hay consideraciones con los locales y, hasta en casos extremos como la muerte, se han mostrado desapegados. El Dakar es una experiencia pensada y planeada para los millonarios del Viejo Continente que soñaban con África. Sudamérica es, por ahora, su alternativa.
Por eso, hacer un Dakar no se asemeja a nada. No hay día parecido ni sensaciones claras. Por momentos, es insoportable y por otros, imposible de dejar. Tierra de nadie y de todos, los vivac se convierten en ciudades itinerantes que cruzan países, forjan amistados indestructibles y también, broncas eternas. El yin y el yang, diría el taoísmo, de las coberturas periodísticas.

Desafío, negocio y espectáculo
Por Gustavo Aro (2011)
El Dakar, la carrera más extensa y peligrosa del planeta, se ha convertido en un desafío para unos pocos (los que pueden pagar el costo en euros para correrla), en un espectáculo para muchos (los espectadores y televidentes) y en un negocio para pocos (los organizadores). El desafío, el espectáculo y el negocio hicieron del Dakar sudamericano un evento extraordinario en el que todos son protagonistas y que se diferencia de otros eventos donde los protagonistas son exclusivamente los deportistas. Acá, en el Dakar, la aventura es para los pilotos, los organizadores y los periodistas. Es un viaje épico donde el corazón se convierte en cámara de fotos y el alma, en flash.
La historia del Dakar en Sudamérica empezó como rumor en un caluroso verano de 2008 cuando la carrera dejaba suelo africano por amenazas terroristas y se trasladaba al sur del continente americano. El desembarco del Dakar en América trajo dos cosas: curiosidad y polémicas, muchas polémicas. ¿Cuánto erogan los gobiernos nacionales y provinciales? ¿Erogan o invierten? ¿Hay daño ecológico? ¿Cuánto damos y cuánto recibimos?
Prescindiendo del debate racional y dejándonos llevar por el costado pasional, el Dakar es magia. Es un evento que trasciende lo deportivo. Es una aventura para gozarla.
Como enviado especial de La Voz del Interior recuerdo que promediando la carrera me preguntaba: ¿Qué hago acá? ¿Qué hago acá si cuando me quiero bañar lo tengo que hacer con agua fría? ¿Qué hago acá si minutos después de bañarme estoy como si no lo hubiera hecho? ¿Qué hago acá si cuando pretendo dormir el ruido de motores no me deja? ¿Qué hago acá si paso de grados bajo cero en la noche de Calama al desierto de Iquique con un sol que parte la tierra? ¿Qué hago acá si cuando quiero atender mis necesidades fisiológicas tengo que dar varias vueltas para encontrar un baño químico que esté razonablemente aceptable? ¿Qué hago acá?
Rápidamente encontré las respuestas: disfrutaba de un espectáculo fantástico, único e irrepetible, porque pasarán muchos Dakar pero cada uno se vive de manera intensa y una sola vez.

Un raid sólo para elegidos
Por Rafael Cerezo (2012)
La segunda parte fue la menos agradable, estar fuera del hogar durante más de dos semanas, acostumbrarse a un régimen de trabajo que comenzaba con el despertar a las 4.30 de la madrugada durante todos los días, estar a las 5.20 listo con los bártulos para ir hacia el aeropuerto, volar en aviones de carga sentado en el piso y llegar a nuevos campamentos, que por suerte, al estar recién armados, te permitían bañarte (siempre con agua fría) en duchas especiales y afeitarte frente a piletones, donde además podías lavar tu ropa.
La jornada no terminaba nunca antes de las 23, para irse a dormir, ya sea en la carpa armada junto a la mayor de prensa o en su defecto, dentro mismo de la sala de prensa, juntando dos bancos y dentro de la bolsa de dormir. Al cuarto día, el cansancio te comienza a ganar y cada día es un nuevo desafío.
En lo deportivo, el Dakar es una travesía reservada para unos pocos: hay grandes equipos con inconmensurables presupuestos y fábricas detrás; y empresarios adinerados que alquilan costosos vehículos para darse el gusto de correr. Pero en el conjunto general, este raid nuclea a muchos sacrificados que juntan el dinero todo el año para competir con la sola intención de poder dar la vuelta.
Pero esta prueba está lejos de compararse con un rally, que se define por décimas o por segundos y no por horas como ocurre habitualmente en el Dakar; donde salvo muy raras excepciones, los ganadores se pueden conocer de antemano dentro de un ramillete muy compacto. Argentina le da el marco a una competencia que no apasiona, sólo es curiosidad.
Una conjunción casi perfecta
Por Walter Kanqui (2013)
Más allá de la rusticidad que presenta el lugar (los lugares), que es, según aquellos que han estado en ambos continentes, mucho más amigable que África, lo esencial sigue estando allí. Las historias que contar, relacionadas o no a una carrera de rodados, concentradas en un mismo espacio, son lo más parecido a una mina de diamantes.
Están aquellas gestas que marcan la vida de un piloto, como lo fue, en 2013, el hecho de que Orlando Terranova se convierta en el primer argentino en ganar una etapa en autos. El mendocino logró el mejor tiempo en el tramo que unió Córdoba con La Rioja y los mas de 50 grados en el vivac riojano quedaron en un segundo plano. “Orly” vivía su primavera.
Días antes también hubo decepción. Durante la segunda jornada de carrera de aquella edición, Daniel Mazzucco llegó al campamento de Pisco, en Perú, en una camión de asistencia, con su “cuadri” en el remolque. Abandonó. Su inaudita deserción se debía a la presencia de agua en el tanque de combustible. La desilusión era grande, pero la experiencia Dakar de Mazzucco sufría una mutación.
“El que abandonó fui yo, el equipo sigue. Estoy preparando un plan de carrera”, contaba el cordobés, quien fue clave para que Claudio Cavigliasso y Marcelo Fernández pudiesen llegar a meta.
Pero, continuando con lo dicho, no sólo son historias deportivas las que surgen en un Dakar. Será difícil olvidar las lágrimas de Anne, una asistente de la organización, que en medio de un traslado hacia Salta, en el colectivo, se enteraba de la muerte de Thomas Bourgin, un piloto galo de 25 años que perdió la vida en medio de un enlace en Jama, Chile.
Historias como estas, algunas lamentables y que seguro no quisiésemos que sucedan, y las múltiples carreras desarrolladas en 15 días, terminan haciendo del Dakar una conjunción casi perfecta.

El reino de lo impredecible
Por Agustín Careto (2014)

