Pague para ver; pague para jugar
Ya sin baldíos ni pelotas de trapo, disputar un picadito puede hasta ser un “gustito” caro en Córdoba. Quedarse en casa y mirar un partido por la tele tampoco escapa de esa condición.
Eran los Sacachispas. Esos botines que tenían un círculo de goma a la altura del tobillo. Quien los tenía gozaba de la admiración y la envidia de los chicos de la cuadra. Eran el lujo que hace medio siglo se podían dar sólo algunos pocos que jugaban en los baldíos de Córdoba.
En aquel entonces no era necesario meter muchas veces las manos en los bolsillos para jugar al fútbol. Las madres exigían que se utilizaran las camisetas más gastadas, lo mismo que el pantalón y las zapatillas. Las medias se mostraban casi como un artículo de decoración. Las canillas al aire eran mayoría en las canchitas. Las alpargatas con bigotes eran parte de la historia que contaban los abuelos.
No todas las pelotas eran redondas. Las de trapo adoptaban la forma que le daba cada puntazo dirigido al arco; las de goma (las “Pulpo”) corrían riesgo cada vez que se acercaban a las espinas; y las de cuero, sin los dibujos extravagantes de estos días, revivían con grasa de vaca en sus hilos y en su interminable lomo.
Esta ciudad, en aquellas lejanas décadas, tenía clubes que eran una extensión en precariedad de lo que se veía en muchos barrios. En los vestuarios, los chicos de las divisiones inferiores se repartían pantalones gastados, medias con agujeros o zurcidas de apuro y camisetas en similares condiciones. Las zapatillas Flecha monopolizaban los pies juveniles, desesperados de competencia. Los botines Fulvence o Sportlandia estaban en todos los casilleros de los utileros y los primeros Adidas eran artículos de lujo.
Todo cambió
Hugo Gatti sorprendía con la colorida imagen de su vincha, de su buzo de arquero y de sus bermudas, pero no de sus botines. El hincha sólo parecía aceptarle a él semejante extravagancia. Aun después de haber asimilado las excentricidades de Gatti, a Omar “Indio” Gómez, el “10” del Quilmes campeón de 1978, los simpatizantes rivales no le perdonaban que jugara con botines blancos.
La tribuna aceptaba el pelo largo o los pantalones cortos muy ajustados de los futbolistas como un espacio de moda que no alcanzaba a enjuiciar la masculinidad de quienes lo ostentaban.
Pero todo explotó a partir de los ‘90. La globalización del fútbol atrajo con fuerza y dinero a empresas no sólo deportivas. A la dimensión planetaria de Pelé la continuó Cruyff; luego Maradona y ahora Messi. Ellos empezaron a mostrar otros colores, inadmisibles 20 años atrás. Hoy las canchas están llenas de fucsias, rosas, verdes, amarillos, azules. La indumentaria tradicional ya se ha convertido en piezas de museo. Las exigencias del mercado obligan a una mutación constante. Una o dos veces por año las figuras de cada equipo presentan en conferencia de prensa y a través de un desfile la nueva “pilcha” del club.
Ese y otros más son los recursos imprescindibles para seguir poniendo a prueba la fidelidad de los simpatizantes. La camiseta, antes artículo imperecedero, ahora empieza a perder vigencia en apenas un semestre.
Cuál es la consecuencia de todo este cambio: el fútbol cuesta cada día más. De aquel solitario partido televisado de fin de semana sin costo alguno, no quedará más que la resignación por la gratuidad. Dentro de poco, la transmisión de una avalancha de encuentros volverá a exigir dinero para verlos en vivo.
¿Serán unos 300 pesos, como se dice? En todo caso, se deben sumar a lo que los chicos y los mayores deben abonar por una hora en un espacio de pasto sintético para disputar un picadito. En ese sentido, la oferta es amplia. Los complejos tienen lugares de distintas dimensiones. Se erogan 400 pesos y hasta 1000 por canchas de 5, 7, 9 u 11 jugadores por bando. Antes, la resolución era fácil y menos onerosa: dos piedras o ladrillos, o los troncos de dos árboles cercanos hacían de arco; la red directamente no existía y los campitos de los alrededores todavía no tenían quién los explotara.
En otro plano, los cambios sociales y deportivos también repercutieron en los clubes. La escasez de oferta de las instituciones hoy no sería admitida por ningún interesado en practicar fútbol. Debe haber canchas con césped, vestuarios y ropa adecuada para que la atracción se produzca. Pero para que eso suceda, los padres deben pagar 300, 400 pesos para que sus hijos puedan jugar en escuelas de fútbol y en algunas categorías de divisiones inferiores.
Esa odiosa condición para que los pibes puedan jugar se torna inevitable. El mantenimiento de la infraestructura y del personal especializado produce gastos. Las becas y algunos déficits que se observan en algunas categorías menores se afrontan sabiendo que la asistencia social también debe comprometer a las instituciones.
Lo cierto es que ya sea como jugadores o como espectadores, el fútbol exige de la sociedad una rentabilidad que no deja a casi nadie afuera a la hora de practicarlo. Los clubes profesionales lo ejecutan por su misma condición; los amateurs, simplemente porque parece que no tienen otra forma de seguir funcionando.
Algunos números
Alquiler de canchas: desde 400 pesos por una hora.Botines: desde 1.200 pesos; para niños, desde 700.Medias: desde 200 pesos.Camisetas: oficiales, 1.300 pesos.Escuela de fútbol: desde 300 pesos.Plan para TV: 300 pesos.
