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Oro como bosque

A menos de 100 kilómetros de la concentración de Argentina, Ouro Preto refleja la magia de la historia, entre iglesias y calles empedradas.

20 de junio de 2014 a las 10:51 a. m.
Por Ángel Stival, especial
Oro como bosque

Hacia donde uno mire en Ouro Preto, verá la torre de una iglesia. Desde la que está en todas las postales –la iglesia Matriz de Nossa Senhora del Pilar–, que domina desde lo alto este pueblo empinado y maravilloso que es Patrimonio Histórico de la Humanidad, hasta las que se amontonan, innumerables, alrededor de la plaza Tiradentes.

Es lo que dejaron, además de un tendal de damnificados, los aventureros buscadores de oro que se hicieron tan ricos desde que descubrieron por casualidad el metal dorado (aquí negro), que lo sembraron de iglesias y convirtieron a la entonces Vila Rica, con 50 mil habitantes, en la capital del estado de Minas Gerais en el siglo XVII.

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Hoy, Ouro Preto se puede recorrer a pie si es que se cuenta con piernas con resortes, capaces de trepar y bajar como cabras por sus calles empedradas, angostas y serpenteantes.

“Aquí el oro era bosque”, le hace decir el escritor uruguayo Eduardo Galeano a un mendigo en Las venas abiertas de América latina. “Bajo las capas de arena, tierra y arcilla, el pedregoso subsuelo ofrecía pepitas de oro que era fácil de extraer del cascalho de cuarzo…

La región de Minas Gerais entró así impetuosamente en la historia: la mayor cantidad de oro hasta entonces descubierta en el mundo fue extraída en el menor espacio de tiempo”, sigue Galeano.

Cada 21 de abril, Minas Gerais se congrega en la plaza Tiradentes para celebrar la independencia y Ouro Preto se convierte, ese día, en capital simbólica del Estado.

“Libertad antes que sea tarde”, era el lema de los inconfidentes, revolucionarios prematuros liderados por este saca muelas (los dentistas no conocían por entonces los implantes, la ortodoncia ni las obturaciones y se limitaban a “tirar de los dientes” hasta arrancarlos) que hizo del secreto y la clandestinidad un arma, hasta que lo delataron.

Cuando los procesos todavía no están maduros, suelen aparecen los traidores. Y 1788 no era momento de independencia para Brasil, aunque las condiciones que explican el estallido parecen calcadas de las de la Revolución de Mayo: fuerte presión tributaria sobre los criollos, exclusión de los cargos públicos, el ejemplo de las colonias del norte, la influencia de las ideas enciclopedistas.

“Seamos libres, lo demás no importa nada”, habrá pensado el doctor José Da Silva Savier, Tiradentes como lo pensó y dijo San Martín más al sur. Sin embargo, corrió la misma suerte que Tupac Amaru: lo descuartizaron en Río de Janeiro y trajeron su cabeza para exhibirla como escarmiento en el mismo lugar donde hoy lo homenajean.

La fiebre del oro duró poco pero fue intensa, un torbellino que dejó este legado fastuoso que hoy recorrimos. Ojala tuviésemos 20 años menos para llegar a todos sus rincones.