Un malestar que no tiene nombre
Pese a los avances en igualdad de género, aún quedan pliegues del patriarcado en comunidades y en instituciones, y sus efectos son visibles en la vida de las mujeres.
Ya no suenan extemporáneas las demandas de los movimientos feministas y de mujeres que reclaman la legalización del aborto, leyes de cupo femenino, erradicación de la brecha salarial de género, cambio de estatuto de labores del hogar a trabajo no remunerado, e incluso la modificación del lenguaje como forma de evitar sesgos sexistas.
Si bien esto demuestra avances significativos para el reconocimiento de los derechos igualitarios, aún en pleno siglo 21 existen pliegues del sistema patriarcal que se manifiestan de innumerables maneras sutiles y que cuestionan o relativizan la instrumentalización de esos avances para la totalidad de las mujeres en la Argentina.
Es probable que la cuestión feminista no haya entrado del mismo modo en la vida cotidiana en las grandes ciudades del país ni en las diversas instituciones sociales. Y también puede ser distinto de lo que sucede en las comunidades del interior de las provincias, donde el entramado social funciona como una suerte de red de contención, de solidaridad y de transmisión de valores mucho más fluida que en las grandes ciudades.
Ficciones para aprender
A veces la ficción puede poner de manifiesto, a través de un simple relato, de forma clara y contundente, estos pliegues no develados en los que todavía sigue vigente el patriarcado.
Es lo que sucede en la película Vigilia en agosto, opera prima de Luis María Mercado. La historia transcurre precisamente en ese mes ventoso y frío, en un pueblo de la pampa gringa, donde la presencia de los silos caracteriza toda la vida cotidiana de sus habitantes, sus relaciones, su entramado urbano.
Falta una semana para el casamiento de Magda (interpretada por Rita Pauls) y el Gringo (Michel Noher). Una serie de acontecimientos propios de la rutina pueblerina y aquellos que forman parte del ritual de una boda van sucediéndose en esos días de la vida de la protagonista.
No requiere ningún esfuerzo extraordinario reconocer aquello que ha sido definido como propio del universo femenino, el quehacer doméstico, y lo propio del universo masculino, los silos y las máquinas. Así la cámara consigue con los pasos y la mirada de Magda transmitir implacablemente al espectador el malestar creciente que la afecta.
Ese malestar que en apariencia carece de un sentido preciso no se expresa claramente en palabras, ni en sentencias, ni en actos, pero sí va a terminar manifestándose en el propio padecimiento físico de Magda.
Al mismo tiempo, va haciéndose evidente la complicidad social, la regulación comunitaria de la iglesia y algo más: que esa normalidad es insoportable. Pero Magda no puede darle un nombre a ese malestar.
Insatisfacción creciente
De manera casi lineal, esta inquietud, este malestar sin nombre, se conecta con lo que describió Betty Friedan en su libro La mística de la feminidad, publicado en Estados Unidos en 1963.
No se trata de una conexión espacial o temporal. El libro da cuenta de la investigación de Friedan sobre la situación de las mujeres de clase media urbana norteamericana que tienen títulos superiores o pueden acceder a la titulación, en la década de 1950.
El "Malestar que no tiene nombre", primer capítulo del libro, describe una especie de insatisfacción creciente entre aquellas mujeres que lo tenían todo: carrera, casa en las afueras con su barbacoa en el jardín, marido, hijos, un porvenir circunscripto a la vida cotidiana. También tenían revistas femeninas, anuncios publicitarios, cine y novelas, columnas en periódicos, libros de expertos en matrimonio y familia, en psicología infantil y en adaptación sexual para instruirlas.
Y eran también las herederas de las sufragistas y de las primeras feministas que habían logrado el reconocimiento de los derechos políticos, económicos y civiles para las mujeres con mucho esfuerzo, militancia, protestas, y hasta la exposición de sus propios cuerpos a la violencia física, al maltrato y a la cárcel.
Capítulo a capítulo, la autora va desentrañando y explicando las diferentes formas de complicidad que se suman en la construcción de sentido de la mística de la feminidad, "una forma moral en la que, como en un lecho de Procusto, se pretende hacer vivir a todas las mujeres", pero que de manera misteriosa no logra desvanecer el deseo básico de cualquier persona de pretender algo más que la manera vicaria de realizarse en los éxitos del esposo y en la vida de los hijos.
El retrato que consigue la película Vigilia en agosto de esa forma moral de un pueblo del interior –ficticio, pero que resulta identificable para quienes habitualmente transitan o viven en pequeñas comunidades agrícolas– se manifiesta en conversaciones a veces sentenciosas, entre las mujeres que colaboran en los preparativos y que transcurren en el ámbito de la casa, y en el hecho de que los hombres resuelven controversias o se divierten con aquello que es ritual masculino y está oculto para las chicas "bien" de todo el pueblo, en el espacio público o de trabajo.
Y finalmente en Magda, la protagonista, en el modo en que no termina de entender su malestar.

