Novela. Reseña de Tierra de empusas, el purgatorio de los enfermos terminales
La primera novela de la polaca Olga Tokarczuk tras la obtención del premio Nobel, en 2018, presenta una crítica sutil al machismo desembozado de principios del siglo 20.
Miecysław se hospeda en un balneario silesio construido sobre las aguas de un lago subterráneo. Tiene 24 años y es católico, como pocos de los internos del lugar; como la mayoría de ellos, en cambio, ha llegado a ese paraíso húmedo para curarse la tuberculosis.
En aquel microclima benéfico de la Europa previa a la Primera Guerra, donde la muerte convive con el hastío y la esperanza, unos sucesos sobrenaturales darán carnadura a Tierra de empusas, la primera novela de la polaca Olga Tokarczuk tras la obtención del Nobel, en 2018.
Lo primero que atrae del texto, desde que Miecysław baja del tren hasta que arriba al balneario, es el narrador elegido para contar la historia. Ubicuo y plural, conviviente de un narrador ortodoxo al que acompaña y completa, pronto resulta fascinante en el laberinto de la lectura. La elección no se quedará en el mero artificio, sin embargo, sino que sobrevolará el texto apareciendo de tanto en tanto, en dosis discretas, para inmiscuirse en la trama, ser parte de ella y aglutinar las distintas líneas argumentales.
Filósofos, escritores, pintores, teólogos forman parte del censo de enfermos y convalecientes que conviven con el tímido Miecysław, un estudiante de Ingeniería de Leópolis, en la exclusiva pensión del balneario, solo reservada a los hombres. Allí descansan, juegan, pasean por el bosque colindante, beben licores raros y cenan manjares, mientras son sometidos a periódicas observaciones clínicas. Sin embargo, lo que más placer parece darles, en aquel purgatorio de la enfermedad, es despuntar el arte de la conversación.
Hablan, o más bien discuten, bajo una mirada más filosófica que práctica, de todo –de la política, de la moral europea–, aunque el tema que más hechiza su verba son las mujeres. Lo hacen desde una conciencia acendrada de superioridad, aunque no es mediante la fruición erótica o la burla romántica como desfogan la misoginia. Debaten desde si ellas tienen alma y su derecho a voto hasta sus necesidades sexuales, testimonios cruzados de una suerte de machismo mansplaining que acentuará la atmósfera mágica donde algunos viven sus últimos días.
Miecysław se limita a oírlos, casi sin participar. Tampoco juzga, como si no estuviera realmente ahí, a la manera de un cronista desconcertado. Como en La montaña mágica, de Thomas Mann, a la que la novela de Tokarczuk decididamente homenajea, el personaje principal se enfrenta a diálogos y situaciones inaprensibles.
Como esas muertes extrañas que suceden en las profundidades del bosque, desde hace unos años, el mismo día de noviembre. Hechos que obligan a la novela a un cierre de lógica policial que develará cada uno de sus tres grandes misterios: el de las muertes, el de aquel narrador de la historia y el del propio Miecysław.

Para leer Tierra de empusas
Olga Tozarczuk
Anagrama, 2025
342 páginas

