Lugares comunes: El ocaso de los dioses
La lección de BoJack Horseman. La nostalgia no significa necesariamente que una década pasada haya sido esplendorosa.
El cine, la televisión y la música ofrecen a diario homenajes que invitan con un desconocido atractivo a recordar el pasado como mejor: el reciente fenómeno de Stranger Things es un ejemplo claro. Pero no toda recuperación exige un alto índice de ternura y nostalgia, al menos eso es lo que BoJack Horseman parece decir.
Con el final de cada década surgen interrogantes acerca del destino de esas estrellas que invadieron todos los espacios posibles, y que abruptamente regresaron a la oscuridad de la que nacieron. BoJack Horseman, la serie animada que protagoniza un caballo decadente que vive gracias a las ganancias de su acabada fama, es un ejemplo de ese ciclo vital y una crítica a la adoración descartable de las estrellas de los años 1990.
Aquel que una vez manejaba un convertible ostentando el pelo batido con el mejor espray fijador, hoy se dedica a comer pizza, tomar cerveza y drogarse en bata frente al televisor. Es uno de los tantos residuos hollywoodenses que se ríe únicamente de los chistes de su propia serie y sueña con recuperar su fama.
BoJack fue la estrella de una sitcom de la década de 1990 plagada de lugares comunes: la familia disfuncional norteamericana que aprende a crecer armada de ternura y humor. Es la serie de niños con ortodoncias, calzas y remeras fluorescentes: una mezcla de Full House, Family Ties y de sweaters coloreados al estilo Bill Cosby. Pero luego de ese éxito, la vida de BoJack fue una sucesión de fracasos que se replica en el entorno de amigos y novias con la misma incapacidad para el éxito.
Como dice la canción de los créditos finales, BoJack intenta aferrarse a su pasado víctima de una megalomanía que no lo suelta y que lo aleja cada vez más de la realidad.
BoJack Horseman es una lectura cínica del pasado que se añora, es el lado oscuro de la fama 20 años después. No sólo es crítica de los desechos estelares de los \'90, sino también de exponentes suyos como la sitcom y el stand up.
Se siente nostalgia por los fenómenos culturales más impactantes de una década que no siempre se corresponden en calidad. El mecanismo empático que se activa en la recurrencia a un pasado cultural compartido entibia cualquier corazón. Pero lo que ese corazón olvida es que ese mecanismo se sostiene gracias a un caballo antropomorfo, cínico y narcisista sin habilidades sociales.
Tres personajes profundizan la personalidad de BoJack
Mr. PeanutButter y el optimismo:
El deseo de complacer propio de un perro hace de este personaje el único que realmente quiere a BoJack. La superficialidad con que vive su vida lo convierte en un entusiasta desmesurado y, por esto, en la mayor fuente de irritación de BoJack.
Princess Carolyn y el éxito:
La fría y ocasionalmente enamoradiza gata es la representante, examante y confidente de BoJack. La proactividad que caracteriza su profesión genera un vacío en su vida sentimental, que no siempre es motivo de preocupación. Su meta es regresar a BoJack al camino del reconocimiento.
Diane Nguyen y la intelectualidad:
La joven feminista de voz calma y aires existencialistas es la escritora fantasma de la biografía de BoJack. Representa el sostén teórico del cinismo del caballo, la voz de la razón y habilita los momentos de mayor intimidad.

