El pasado 26 de julio, en su 103º cumpleaños, falleció el británico James Lovelock, médico, químico, destacado científico y excelente divulgador. Entre otros inventos, diseñó un sensor de contaminantes que fue sustraído impunemente por una conocida empresa industrial.
Además de sus estudios superiores formales, fue también un autodidacta en muchos temas científicos. De criterio independiente, sin pelos en la lengua y apartado del establishment de turno, le preocupaban la polución industrial, la capa de ozono y el calentamiento global.
Preocupaciones ambientales
Su contribución más destacada, con la bióloga Lynn Margulis en los años 1960 y 1970, fue la idea de Gaia, en honor a la diosa griega que sacó al mundo del Caos. Al impulsar la ciencia climática moderna, compartió algunos principios del movimiento verde, aunque también fue uno de sus fuertes críticos.

En uno de sus libros más conocidos, Homenaje a Gaia, escribió: “Muchos verdes no sólo ignoran la ciencia, sino que la odian”, “… son como una ansiosa figura materna demasiado preocupada por los pequeños riesgos, pero ignora los peligros reales”.
El concepto de Gaia considera a la Tierra como un sistema interconectado y autorregulado, no simplemente un recipiente de organismos vivos; millones de organismos que no sólo compiten, sino también cooperan manteniendo un medio adecuado para sostener la vida en un proceso de coevolución. Aunque su propuesta no fue aceptada por todos los científicos, hoy sigue compartiendo una mayor preocupación ambiental centrada en el cambio climático.
Un científico independiente
En la Royal Society, describió el informe de 2007 del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático como “el documento oficial más aterrador que he leído” y vaticinó: “Si no se detiene pronto, hacia el final de este siglo matará a siete de cada ocho habitantes del planeta”.

Una proyección de James Lovelock que, a la luz de recientes evidencias científicas, parecen sonar como descripción más que como pronóstico.
Lovelock no era un jugador de equipo, anhelaba la autonomía y se describía a sí mismo como un “científico independiente…”, “porque algunos de nosotros no producimos lo mejor cuando somos dirigidos”.
No obstante, trabajó en la Nasa, la agencia espacial estadounidense, diseñando experimentos para estudiar la superficie de la Luna y en el Laboratorio de Propulsión a Chorro, buscando señales de vida en Marte. Produjo más de 40 patentes, 200 artículos científicos y varios libros; recibió medallas científicas y una lluvia de premios internacionales y doctorados honorarios de universidades británicas y de otros países.
Ciencias duras y ciencias blandas
Aunque formado dentro de las mal llamadas “ciencias duras”, Lovelock también representó un enlace con las mal llamadas “ciencias blandas”.
En las últimas décadas, el alejamiento tanto del determinismo ultrapositivista gracias al aporte de la teoría de la relatividad, de la indeterminación y de la incertidumbre, así como del idealismo hiperespiritualista por el descubrimiento de las bases materiales en áreas humanísticas (lingüística, antropología), les han permitido a las ciencias pensar juntas y traducirse mutuamente.
Y aunque no hay todavía una aceptación recíproca, al menos hay (o debiera haber) más comprensión, ya que tampoco se acepta la ciencia como credo de verdad eterna ni ajena a los intereses de la sociedad. Ni las “ciencias duras” parecen ser tan fuertes, ni las “ciencias blandas” son tan débiles como a veces se pretende desde la intolerancia.
Una idea desafiante
Mientras la civilización occidental sostiene al ser humano como centro de la creación, asimilado a la noción de dominación, sometimiento y manipulación de la naturaleza, el concepto de Gaia cuestiona esa idea al reconocer que la Tierra lleva en su seno una especie tan inteligente como peligrosa, y considera que, aunque esa especie se extinga –como lo hicieran los dinosaurios–, Gaia seguiría su curso evolutivo, con o sin el Homo sapiens.

Esta idea saca al ser humano del centro antropomórfico de la ética y lo coloca en una posición excéntrica, esencialmente menos soberbia y con posibilidad de aplicar el principio de exterioridad respecto del mismo ser humano como especie, a la vez que permite redescubrir a nivel global, nuevos valores viejos enunciados como el deber, la diversidad, el ciudadano, la interculturalidad o los movimientos cooperativos.
Ya sea que se la considere una teoría científica, un mecanismo probable o una simple metáfora trascendente, hoy Gaia está triste por la partida física de su promotor.
* Profesor Emérito (UNC), investigador principal (Conicet) y comunicador científico (UNC)

