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Opinión. Escritores performáticos y lectores demandantes

Cada vez se conoce más sobre la vida de los escritores, y los lectores se tornan más demandantes de atención.

05 de septiembre de 2025 a las 07:59 p. m.
Escritores performáticos y lectores demandantes
Stephen King es de los pocos escritores populares que no es performático en sus apariciones públicas (Archivo/La Voz).

Hubo una vez en la que los escritores no eran cuasi celebridades. Nadie sabía de sus vidas privadas, apenas alguna foto de mala calidad ofrecía un puñado de señas particulares. Dedicarse a escribir y a publicar era un oficio remoto, hasta que los autores se encontraron con la espectacularización del yo y nacieron los escritores performáticos.

Actualmente, buena parte de la venta de libros (omito la calidad literaria) se garantiza con la performance del autor en sus apariciones públicas, incluidas las redes sociales. El antiguo y perenne autógrafo devino en dedicatoria, luego en fotografía, y ahora llega en forma de historias de Instagram: el autor comparte las fotos que suben los lectores de su último libro. Un honor.

Algunos pocos explotan a fondo lo performático y protagonizan eventos donde conjugan distintas expresiones artísticas para dar cuenta de “su mundo”. Se pasean con una estética afín al género en el que se inscriben, para que leerlos sea consumir un producto de la cultura popular, como usar la cartuchera de Tini o de Spiderman.

La literatura sigue ahí, un poco asfixiada por el show de las vanidades, pero está.

Este fenómeno establece una relación que se confunde con la cercanía y genera una expectativa: la presuposición de que al autor le interesan los pareceres de su público.

Soy tu fan

Martina Giacoboni es una librera que comparte lecturas y gajes de su oficio en redes sociales. En un video relató su decepcionante encuentro con una autora argentina, cuyo nombre no develó.

En el marco de una feria del libro, se acercó a expresarle admiración por su obra y se sorprendió con la respuesta que recibió: la autora apenas la miró y reanudó el mate que había interrumpido.

Las críticas fueron directamente hacia la escritora: ¿quién se cree que es? No le costaba nada sonreír y decir “gracias”.

Estaba en un evento público de su área profesional; no constituía una invasión de su privacidad. Aunque... ¿debería haberse respetado su espacio personal y no forzar una interacción no solicitada?

Si bien Martina no dirigió su relato hacia estas cuestiones, en su decepción se insinúa una reivindicación de su derecho lector.

Al parecer, la autora debería haber respondido con simpatía, hasta ofrecerse para una foto o una charla breve.

Después de todo, se encuentra con una lectora que paga sus ejemplares y hasta los recomienda, lo que persigue todo autor.

Si de juzgar se trata, me parece que ambas actuaron mal. La responsable es la matriz sobre la que se monta la relación autor-lector en la actualidad.

Mucho ruido

Sería absurdo esperar que los autores más convocantes de la actualidad compartieran el gesto de reclusión de J.D. Salinger y de Thomas Pynchon. Son extremos útiles para delimitar un “más acá”: la relación entre lo popular y lo performático.

Ningún autor es más popular que Stephen King. No escapa a sus lectores, asiste a eventos multitudinarios, compra en el supermercado y se viste como cualquiera.

Se divierte mucho escribiendo y se lo toma muy en serio, tan en serio que resplandece de buen humor cuando atiende las críticas a su obra.

Sin embargo, King no es performático. Emplea su perfil público para acercar a cada vez más personas a la literatura, pero no monta (ni en redes sociales ni en los teatros) ningún show a su alrededor.

En cuanto a sus lectores fidelizados, no se reportan casos de decepción ante un King indiferente a los elogios que reanuda su ingesta de gaseosa. Pero, claro, su popularidad se forjó antes de la actual exhibición desmedida de lo privado.

Tener cada vez más lectores no debería exigir la creación y la performance de un personaje. Los autores no deberían, como contrapartida, cosechar un público que es menos un lector que un groupie desesperado por estar cerca de quien escribió esa obra que todos comparten en sus redes.

Sobre todo cuando el personaje tiene atributos demasiado robustos para ser sostenidos con su literatura o un simple encuentro casual.