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Cuzco siempre estuvo cerca

A veces una aventura turística se convierte en una especie de tortura. Algo de eso ocurre en este viaje por Machu Picchu.

23 de febrero de 2020 a las 12:01 a. m.
Cuzco siempre estuvo cerca

Lo que voy a contar pasó hace 15 años pero lo recuerdo como si fuera ayer. Es más, cada vez que llueve y me mojo los pies siento como si me brotaran ampollas y tengo miedo de pisar y salir lastimada.

Todo comenzó con una caminata de cuatro días bajo la lluvia hacia Machu Picchu. Al tercer día llegamos por primera vez a unos baños en los que me di una ducha con agua de deshielo y, esa misma noche, mientras comíamos en un campamento, un alud cayó sobre la carpa en la que íbamos a dormir.

Minutos más tarde un guía nos invitó a que fuéramos a buscar nuestras pertenencias en el medio del lodo. Habían pasado sólo tres días y estábamos muertas de cansancio. A decir verdad no se trataba de un cansancio físico sino de un hartazgo frente a la lluvia que no paraba de caer. Dormimos agotadas sobre unas mesas de madera en un refugio, pensando que la recompensa sería –si se despejaba– un amanecer con Machu Picchu de fondo, la típica postal de un viaje soñado.

Se hicieron las 5 de la mañana, el día aclaró y las montañas estaban cubiertas por una espesa niebla que no sólo no nos dejaba ver el paisaje, sino que también impedía que nos viéramos los pies. No hubo postal posible y en su lugar tengo una foto rodeada de nubes en la que apenas se ve mi cara que dice "¿quién me mandó a hacer esto?"

Bajamos a la Ciudad Sagrada de los Incas y dimos vueltas durante varias horas en medio de la lluvia acodándonos las capas de plástico cada vez que hacíamos un movimiento brusco. Había que elegir entre ver o empaparse. Los pies ya no daban más de tanto caminar y en la mochila solo teníamos algo de ropa embarrada que habíamos rescatado del alud.

El regreso

El plan inicial era volver a Cuzco vía Santa Teresa combinando varias horas de caminata entre las montañas y un viaje en bus. Si bien ya era de tarde, había dejado de llover y nuestras ilusiones se renovaron.

Mi amiga y yo arrancamos el camino junto a otro grupo de cordobeses. Estábamos todos de acuerdo en no pagar el boleto de tren (que para extranjeros se cobraba en dólares) y nos dispusimos a buscar una ruta alternativa, ya sin lluvia. La primera posta era unos kilómetros más al oeste. Si llegábamos a tiempo íbamos a encontrar a un camión de la basura que nos podía acercar un tramo más, ya que en la zona no había carreteras oficiales ni transporte público. Un solo camión unía cada tanto esos poblados de montaña y, si teníamos suerte, podíamos conseguir ese favor del universo.

No fue así. Cuando llegamos al lugar indicado nos dijeron que ya se había ido. El ánimo del grupo decayó estrepitosamente y mi amiga empezó a ver sangrar sus pies por las lastimaduras. Decidimos volver a la base de Machu Picchu y ellos tomaron el tren siguiente con la promesa de llegar a la noche Cuzco.

Elijo mi propia aventura

Yo, en cambio, decidí quedarme sola y arrancar temprano al otro día. Compré frutas, agua y cuando apoyé la cabeza en la almohada le pedí a Dios una señal: sí al despertar ya no llovía tenía que emprender el viaje sola y a pie; si seguía lloviendo tenía que desistir. Me dormí escuchando el ruido de las gotas sobre el techo de chapa del hostal.

Lo primero que sentí cuando me desperté fue el trino de los pájaros. “Nada puede salir mal”, pensé. Afuera me encontré con un sol pleno iluminando las montañas y con el río que traía agua furiosamente. Comencé la odisea temprano por un camino improvisado que bordeaba al río Urubamba hasta que, varias horas después, la montaña se comió la huella.

La única forma de seguir era cruzar el bravo río (cuyo caudal era el más alto de los últimos cuatro años según leí después) subida en una canasta que colgaba de un cable metálico porque no había puentes en esa zona de Perú. Al dispositivo, parecido al de una tirolesa, los locales le llamaban “oroya”.

Un hombre me ayudó a cruzar. Me hice un bollito en la base de la canasta y él se paró en el carro haciendo equilibrio con la destreza de un artista del Cirque du Soleil. Maniobró con ambas manos para hacerlo avanzar por el cable de unos 100 metros. Abajo, el agua rugía con fuerza y yo cerré los ojos pero no pude evitar sentir el vaivén de la cesta.

Crucé al otro lado, hice dedo, y una familia me llevó en un auto viejo con la promesa de llegar a Santa Teresa. Pero una vez más el viaje se vio truncado, y esta vez de manera contundente, porque un alud había obstruido la ruta.

“¿Qué más puede pasar?”, me dije cuando el día ya rayaba la siesta. Al bajarnos del auto nos encontramos con que del otro lado del alud había una camioneta 4X4 esperando por un intendente que, al igual que nosotros, estaba varado en el medio de las montañas. Se trataba de un mandatario local que se había hecho traer una serie de sogas y arneses para cruzar el escollo.

Y a esa proeza me sumé yo. Sujetada con unos cintos me empujaron hacia el otro lado del derrumbe y junto a varias personas, entre ellas el intendente y un europeo que estaba feliz de pasar por experiencias extremas, arrancamos en la caja del vehículo con destino a Santa Teresa. El viaje no fue fácil, la camioneta maniobraba entre las curvas de los cerros y el europeo gritaba de excitación como si estuviera sobre una montaña rusa en un parque de diversiones.

No les miento: cuando llegamos al poblado nos encontramos con que el único colectivo del día estaba por salir y ya no tenía lugar. Apelamos al intendente y al europeo para lograr que nos ubicaran sentados en el pasillo y así por fin volver a terreno seguro. No sé cuál de todos los ruegos valió más, sólo sé que llegamos a la medianoche a Cuzco y cuando me reencontré con mi amiga y le conté mi odisea ella me respondió contándome la suya: había vuelto en tren el día anterior pero tampoco se había salvado de los aludes.

Esa noche decidimos que alguna enseñanza nos tenía que dejar lo sucedido: viajar a Machu Picchu en temporada de lluvia no era una buena idea.

Cinco años después volví al lugar y, como no pude elegir otra fecha, las lluvias me agarraron en terreno peruano. Eso sí, esa vez tuve suerte y pude volver con la postal de la Ciudad Sagrada de fondo.