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Cuba o la trampa de la grieta

En lugar de caer en polarizaciones estériles, el fenómeno de las protestas en la isla debe enfocarse desde una perspectiva más amplia: el descontento global.

25 de julio de 2021 a las 10:00 a. m.
Gabriel Montalli
Cuba o la trampa de la grieta
Protestas en Cuba.

Un fantasma recorre el continente: el fantasma de la polarización. El discreto encanto de los discursos que abusan de la metafísica cristiana: acá el bien, allá el mal, y lo que distingue a los supuestos buenos es poseer características radicalmente opuestas a las de los supuestos malos. Con una particularidad: su interdependencia.

Y no sólo porque se trata de discursos que se definen a partir de las imágenes que construyen de sus antagonistas, sino porque recurren, además, a una idéntica operación: el montaje a piacere de los sucesos políticos. Es decir, el recorte de lo real sobre la base de la selección de aquellas escenas que más se ajustan a la propia perspectiva de las cosas, siempre con el cuidado de dejar al margen los matices que permitirían poner en entredicho esa lectura.

En la Argentina, esa lógica marca un punto en común entre los imaginarios del kirchnerismo y el macrismo, pese a todas sus diferencias. A punto tal que la corrupción, el espionaje o la represión son siempre atributos asignados al bando contrario. Atributos sobre los que se proyecta una suerte de mirada exógena que se resiste a indagarse a sí misma, a cuestionar sus propias prácticas e incluso a reconocer su propia condición de montaje, de perspectiva parcial tendiente a la generalización, ya que recorta una sección de la realidad que se pretende convalidar como la interpretación que la clausura, como la única y definitiva versión de los hechos.

Mecanismos lineales

Buena parte del sentido común de nuestro presente ha sido capturado por esa lógica reduccionista. Su presencia, por cierto, es transversal: no distingue entre izquierdas y derechas ni se circunscribe a la política partidaria. Es más, ni siquiera es una excepcionalidad del ombliguismo argentino.

Su condición de dogma indiscutible, de creencia disfrazada de argumento, encarna tanto en los discursos que rechazan la inmigración o que asocian la pobreza a la vagancia –desde el antiperonismo local a la xenofobia bolsonarista– como en aquellos que atribuyen el fracaso de ciertos gobiernos exclusivamente al desempeño de las elites mediáticas y económicas.

Lo sucedido en Cuba, en estos días, ha reafirmado la legitimidad con la que cuenta el mecanismo polarizador. De ahí el tono predecible de no pocas interpretaciones que parecen prescriptas de antemano.

Los análisis de Atilio Borón y Mario Vargas Llosa, por ejemplo, sintetizan la linealidad de ese mecanismo.

Para el politólogo argentino, Cuba enfrenta una agenda de desestabilización que lleva firma norteamericana: “Washington cree que ha llegado el momento de intensificar sus ataques a cuanto gobierno díscolo existe en la región”, afirmó en estos días en un artículo periodístico.

El escritor peruano, por su parte, con la premura que ya mostró frente al golpe de Estado ocurrido en Bolivia para respaldar soluciones que implican algún tipo de ruptura institucional, convocó desde su fundación a exigir “el fin del terrible y opresor régimen comunista”.

Si el primero omite considerar la multiplicidad de reclamos que están movilizando a la sociedad cubana, desde la crítica a la gestión de la pandemia y la crisis económica al repudio a la persecución de toda forma de disenso político –en una línea de continuidad que conecta las polémicas setentistas por la censura de escritores como Antón Arrufat, Reinaldo Arenas y Heberto Padilla con los hostigamientos que ha sufrido, en estos meses, el Movimiento San Isidro, uno de los grupos de artistas independientes que protagoniza las protestas y que ha sido objeto de una campaña de difamación a la que no le han faltado detenciones arbitrarias–, el segundo no sólo omite las circunstancias geopolíticas que afectan a Cuba desde 1959, con el bloqueo económico vigorizado a partir de la presidencia de Trump. A su vez, tiende a plantear una comparación maniquea entre socialismo y capitalismo que observa en Cuba, con la moral hipócrita del ojo selectivo, todo lo que aún no denuncia respecto a los casos de Chile, Colombia y Bolivia.

Ampliar el foco

Es por eso que vale la pena preguntarse qué tienen en común las manifestaciones que han estallado en estos años en el continente, tanto contra el autoritarismo como contra el neoliberalismo. En qué medida esas protestas nos hablan de un mundo que ha perdido su horizonte de futuro.

Un mundo que ya no tiene su Comuna de París y en el que la promesa tramposa del libremercado tampoco brilla con la épica de otros tiempos, pues ha derivado en el retroceso a niveles premodernos de desigualdad social.

Un mundo, en definitiva, en el que el futuro se parece más a una amenaza que a un territorio de utopías, salvo por la utopía de la aniquilación del bando contrario, que es la regla de toda perspectiva binaria.

Resulta difícil que las corrientes progresistas puedan proponer un nuevo horizonte utópico si no escapan a la encerrona de la polarización.

Como explicó en estos días la politóloga venezolana Marisela Betancourt, no romper con ese clivaje supone el riesgo de profundizar las formas de sectarismo elitista desde las que se está interpretando el caso cubano.

Y es que el conflicto va más allá de la judicialización de la protesta. Junto al castigo previsto por la ley, sobre los manifestantes pesa la amenaza del escarnio público destinado a los “vende patria” y los “traidores”.

De modo que las acusaciones que los llaman a silencio también implican un chantaje moral, en tanto inhabilitan por la vía de la ética revolucionaria el derecho ciudadano a cansarse, a quejarse, a discutir las decisiones de gobierno.

Sin ilusiones

Pero hay otro motivo que incluso hace de la polarización la fase superior del elitismo. De golpe, habitantes de otros países creemos conocer mejor que los cubanos cuál es su realidad y cómo deberían comportarse frente a ella. Así se construye la imagen de ciudadanos sin criterio, sin conciencia social y directamente al servicio de intereses foráneos.

El desafío, por supuesto, excede al campo progresista. Sea cual sea nuestra posición ideológica, persistir en esta dinámica conduce a repetir los vicios más cuestionables de los modelos políticos que hemos conocido hasta el momento.

Se trata del círculo vicioso de una sociedad en la que ya no queda nada para discutir, porque no hay lugar para las inquietudes, y en la que quedan canceladas todas las formas de diversidad que desmienten el esquematismo del relato binario.

Es la pesadilla orwelliana de una sociedad sin ruido, sin otros, sin paisaje. Tan parecida a una cárcel, o peor: a un cementerio.

* Docente de Comunicación en Universidad Blas Pascal