Vanidades
Hay personas que sólo pueden intervenir en cualquier acto de sus vidas cotidianas si son el centro de la escena. El problema es cuando hay dos "estrellas" en un mismo ámbito. Juan Carlos Carranza.
H ay personas que sólo pueden intervenir en cualquier acto de sus vidas cotidianas si son el centro de la escena. Muchas veces por razones psicológicas tienen necesidad de serlo, tal vez por poseer personalidades narcisistas. Son individuos que se consideran muy superiores al resto y que se creen merecedores de admiración permanente. Aunque la misma Psicología sostiene que detrás de ese comportamiento se esconde alguien con baja autoestima y gran inmadurez emocional.Pero, ojo, para que tales especímenes subsistan, deben existir los otros, la claque, los que participan en ese círculo de adulación festejando todas sus ocurrencias y acciones.El problema es cuando hay dos "estrellas" en un mismo ámbito: lo interesante es observar cómo se comportan y si pueden coexistir. El que siempre es centro de atención, cuando surge alguien que le disputa terreno, ¿es capaz de ser parte de la claque? El mito. Es muy interesante el mito griego de Narciso. La leyenda cuenta que era un joven de extrema belleza, admirado por todos, pero que rechazaba a la gente producto de su orgullo y vanidad. La ninfa, de nombre Eco, enamorada perdidamente de Narciso, al ser rechazada por él no le quedó otra que consumirse de dolor hasta quedar transformada en una simple voz. Fue el origen, según la mitología, de lo que se conoce como eco.La historia termina cuando un muchacho, quien también había sido despreciado por Narciso, pidió a los dioses que éste recibiera el castigo de amarse a sí mismo sin descanso. La diosa Némesis hizo efectivo el ruego y llevó a que el apuesto joven se enamorara de su imagen cuando vio que ésta se reflejaba en un manantial. De esta forma, ante la imposibilidad de dejar de contemplar y abrazar su bello y amado rostro, permaneció en ese lugar hasta que murió de hambre. En el cine. Cacho Yerom, asesor permanente de esta columna y poseedor de preocupantes rasgos narcisistas, aporta una reflexión que pretende encontrar un equilibrio a este cosmos de expresiones humanas. "Si este mundo no tuviera contrastes, qué aburrido sería. Fíjense en el caso de los actores de reparto. Cuánta importancia tienen los personajes secundarios para dar realce a los protagonistas. Incluso uno disfruta de su presencia, porque hace más digerible a algunas insoportables estrellas de cine", dice.Siguiendo la línea cinéfila, cuando Al Pacino interpreta al mismísimo Satanás en El abogado del diablo , tiene una frase al final de la película que resume magistralmente lo expresado por Yerom: "La vanidad es, sin duda, mi pecado favorito".

