Un pastiche tarifario
Resulta imposible monitorear el consumo. El usuario no puede saber si está cerca de “saltar” de categoría o no.
Las tarifas de gas natural que en este invierno pagarán los 650 mil clientes cordobeses tienen cuatro problemas coyunturales. Uno. El invierno pasado registró temperaturas benévolas. Y como hay que compararse con un invierno suave, es posible que inevitablemente aumente el consumo de gas. Dos. Un hogar puede variar la categoría de usuario entre un bimestre y el otro y, por eso, pagar el precio de un R2-1 en mayo y el de R2-3 en julio. El precio entre una y otra puede triplicarse. Tres. Todos los impuestos nacionales, provinciales, fondos específicos y percepción municipal que se pagan con la factura son porcentajes del consumo neto de gas. Si sube uno, sube todo lo otro. Cuatro. Para morigerar los aumentos, hay que reducir el consumo respecto de lo consumido en 2014. A su vez, el año pasado habría que haberlos reducido respecto de 2013; por lo tanto, el esfuerzo es altísimo. Sólo será posible en hogares que hayan malgastado con alevosía antes o que hayan modificado de manera sustancial su vida cotidiana (como más horas de ausencia). Pero hay, además, situaciones estructurales imposibles de resolver en un invierno y estaría bueno saber qué harán los que podrían gobernar el país en el invierno de 2016. Una es que resulta imposible monitorear el consumo. El usuario no puede saber si está cerca de "saltar" de categoría o no. La diferencia de precio entre consumir 1.500 metros cúbicos al año y 1.501 m3 es abismal. Tampoco puede saber cuánto va ahorrando respecto del bimestre anterior. Hay un precio si gasto lo mismo, otro si ahorro cinco por ciento y otro si ahorro más del 20 por ciento. Nos enteramos con la factura en la mano. El problema de fondo es que el cuadro tarifario es totalmente complejo de entender. Hay tres precios posibles en cada bimestre, que dependen de si ahorré o no respecto del bimestre anterior. En mayo puedo pagar una cosa; en junio, otra, y en agosto una diferente. Y esto es así porque el precio del metro cúbico que genuinamente cobran las distribuidoras se mantuvo congelado hasta el invierno de 2014, cuando se dispusieron confusas subas escalonadas que todavía están lejos de alcanzar valores que permitan hacer algo más que mantener la red. Esto no ha sido gratuito. Uno de los precios a pagar es este pastiche tarifario. Pero ese sería el mal menor, al fin y al cabo. Argentina era exportadora de gas y hoy lo importa a precios de mercado, que no son los mismos que paga a sus productores internos. Hoy, por ejemplo, los edificios nuevos colocan peligrosas garrafas en sus balcones porque les niegan el gas de red. No alcanza para todos.

