Un monstruo en la ciudad
Del martes para el miércoles, los cordobeses vivimos una de las peores noches en la historia de la ciudad.
Del martes para el miércoles, los cordobeses vivimos una de las peores noches en la historia de la ciudad. Prendidos a cuanto medio de información tuviéramos al alcance para saber lo que pasaba y cuánto pasaba, nos desvelamos, además, pendientes de los disparos que se escucharon hasta la salida del sol. Ya durante la mañana, mientras intentaba descansar, revolvía mis recuerdos tratando de encontrar alguna otra situación similar, algún momento traumático que permaneciera escondido o sepultado en el olvido para no sufrir al evocarlo.Yo tenía apenas cuatro años cuando sucedió el Cordobazo, pero ese día me sorprendió en barrio Matienzo, con sus ruidos y con los temores de mi madre porque papá estaba entre los trabajadores que bajaban desde el complejo fabril de ruta 20, superando barricadas y entre balazos de goma. No mucho más que eso me queda entre los flashes que se pueden recuperar de una memoria que recién empezaba a funcionar.Pocos meses después, la mitad de Córdoba se amontonaba en la costanera del río Primero (cuando todavía no se había vuelto a llamar Suquía), para contemplar como ardía la planta de Piresol en Yapeyú. Ese incendio fue interminable, la gran cantidad de combustibles que había en ese predio industrial no se terminaba de consumir, las densas columnas de humo negro se veían desde toda la ciudad y, con las lenguas y los brazos de fuego que se desprendían desde los galpones, conformaban el monstruo más temible que haya visto en mi infancia. Y lo vi desde muy cerca, porque mis padres, como lo hicieron miles de cordobeses, decidieron ir a ver para creer lo que contaba la radio, ya que aún no teníamos televisor.Durante meses tuve que dormir con la luz prendida por temor a ese monstruo que había visto aquella noche; tenía pesadillas y lo veía como una especie de Godzilla que avanzaba por el río hasta el puente Centenario y subía por Lavalleja para atacar mi casa de Cofico, adonde ya nos habíamos mudado.Y en esa vieja casona chorizo, entre Campillo y Bedoya fue donde nos sorprendió el estruendo de la bomba que pusieron en la planta impresora de La Voz del Interior, cuando la rotativa estaba en Alta Córdoba. Ese es otro recuerdo traumático de mi infancia, ya que coincidió con otra tragedia. Cuando fuimos con mi familia a ver qué había pasado en ese galpón, que estaba justo en la misma manzana de mi colegio, el García Faure, un hombre fue atropellado frente a nosotros. Era el 23 de enero de 1975, el día más caluroso del año que recién comenzaba, y entre la multitud que se había amontonado aquella bochornosa mañana había una pareja de abuelos que también quería ver lo sucedido. De pronto, el hombre se soltó de las manos de la mujer y se lanzó a cruzar la calle, para ser arrollado por un auto que venía a gran velocidad. Recuerdo aún los gritos de la gente, los llantos y la desesperación de la mujer, todo frente a la destripada planta del diario que, aún no lo sabía, iba a ser parte fundamental de mi vida.De vuelta a 2013, al miércoles en que la ciudad se paralizó, elaboré una especie de ruego para que los niños cordobeses que nunca olvidarán la noche interminable de saqueos y disparos no tengan que vivir nuevos episodios traumáticos en el futuro, al menos aquellos cuyas causas dependen exclusivamente de personas.

