Un mal día en el Tribunal de Faltas
Hay formas y formas de empezar el día. Rosa Bertino.
Hay formas y formas de empezar el día. Entre las malas, encontrarse con un aviso de infracción en el limpiaparabrisas, que conmina a presentarse dentro de las 72 horas hábiles en el Tribunal de Faltas. Entre las peores, ir a las oficinas de Avellaneda 439 e intentar que alguien por lo menos finja atender razones. De entrada se percibe que importa un rábano que el infractor pueda ser inocente, o tener una buena justificación. Con el sello "$" impreso en la frente, el empleado le insiste en "que puede acogerse al pago voluntario".
¿Por qué debe pagar multa quien ya paga tasas astronómicas por vivir en "zona residencial", que a su vez el municipio adjudicó a los "naranjitas", lo cual le impide estacionarse un segundo delante de su propia casa? Un día de frío polar, en que el auto se negó a arrancar y hubo que dejarlo entre el garaje y la vereda, a la espera de un pariente que venga con un cable para recargar la batería, se materializó el Inspector 7006 (no tienen nombre, sólo número) y labró una multa.
Los que todavía razonan con el esquema de los derechos del ciudadano, piensan que con ir y explicar lo sucedido será suficiente. Al fin y al cabo, la supuesta falta es menos grave y persistente que arrojar basura; girar en redondo; sacar árboles y no reemplazarlos; estacionarse debajo del cartel de Prohibido Estacionar, de la parada del colectivo o de la rampa para discapacitados, por mencionar algunas de las tropelías que se constatan en cualquier área urbana supuestamente controlada por los inspectores.
Con evidente desgano, una señorita suspende la animada conversación que mantiene con un joven compañero de tareas, y señala la puerta de un "Juzgado" donde presentar el descargo. Con razón ni se molestaba. Tras esa puerta, otro ser atiende con la misma cara de "usted es menos que menos que cero" y redobla la consigna del pago voluntario. Sin empacho, agrega: "A mí no me importa lo que usted dice, si es o no un contribuyente ejemplar y si en su cuadra hay o no naranjitas Sólo me importa lo que dice el acta". Con igual desgano y descrédito que su predecesora, termina admitiendo que "este papelito no significa nada" (por la dichosa acta amarilla), y que espere la citación de "la Juez de Faltas". No hace falta recordar por qué Franz Kafka situó El Proceso en una oficina pública. Y por qué su protagonista era un ser ignoto esperando Justicia.

