¿Qué voy a contarles a mis nietos?
Tal vez les diga que en Córdoba los taxis antes eran negros y con el techo amarillo; que el viaje en colectivo se pagaba con dinero en efectivo y que, encima, te daban un comprobante.
Con frecuencia, decimos que las aventuras que nos toca vivir, los sucesos inesperados y hasta los incidentes menos deseados son experiencias que acumulamos “para tener algo que contarles a nuestros nietos”.
El vertiginoso avance de la tecnología y los enormes cambios sociales multiplican año tras año el volumen de cosas que sumamos para cuando llegue ese momento del diálogo intergeneracional.
Sin embargo, tengo para mí que, a este ritmo de transformaciones que llevamos, mis nietos no me van a creer nada. Y no sólo eso: si alguna vez dependo de ellos para subsistir y les cuento mis memorias, tengo grandes posibilidades de terminar internado en un establecimiento para personas con trastornos mentales.
Creo que, para preservarme de problemas, mejor sería que me quede callado. ¿Para qué me voy a esforzar en explicarles lo que significaba vivir sin celular ni teléfono fijo? ¿Cómo hago para que entiendan lo que era el mundo sin redes sociales ni Internet?
Lo que sería aún peor es pretender contarles mis sueños de juventud.
Es imposible que entiendan que yo esperaba que la Argentina fuera un país sin pobreza ni injusticias; que Córdoba fuera la capital federal; que el río Suquía se convirtiera en navegable; que la avenida Yrigoyen se hiciera más famosa que Champs Elysées; que alguna vez hicieran una torre Eiffel en el parque Sarmiento o un Cristo Redentor en el cerro Uritorco; que el Club Atlético Barrio Los Granados jugara una final del Nacional con River o con Boca.
Verdades y leyendas
En una de esas, si la nostalgia me traiciona y me animo a deslizarles algunas cosas, les advertiré que no me crean nada; que es mentira que una vez les hicimos una guerra a los ingleses; que es sólo una leyenda que fuimos campeones mundiales de fútbol; que a nadie se le puede ocurrir que alguna vez nos dijeron el granero del mundo, y que llegamos a comer asado hasta tres y cuatro veces por semana.
A lo mejor les cuento apenas algunas nimiedades. Tal vez les diga que en Córdoba los taxis antes eran negros y con el techo amarillo; que el viaje en colectivo se pagaba con dinero en efectivo, y que encima te daban un comprobante; que yo sentía más frío durante los inviernos; que en mis tiempos el cartero no sólo repartía facturas para pagar sino también cartas, las que decían cosas parecidas a las que hoy se escriben en un correo electrónico.
De lo único que estoy convencido es de que no voy a tener empacho en asegurarles a mis descendientes, aunque me pongan un chaleco de fuerza, que el verdadero amor, ese que sentí un día, pese a todos los cambios sufridos por el mundo, era y es el mismo que sentirán cuando les llegue ese maravilloso momento.

