“Pasaron 23 años y no cambió casi nada”
“Por esas cosas del destino”, aquel cura que tuvo una participación heroica en la tragedia de San Carlos Minas se convirtió, la semana pasada, en damnificado ocasional y voluntario solidario en el drama de Sierras Chicas. Criticó falta de prevención e internas políticas.
"La cantidad de vidas humanas perdidas", responde Raúl Martínez, todavía conmocionado, cuando se le pregunta qué diferencias percibió entre el trágico aluvión ocurrido en San Carlos Minas, en enero de 1992, y el drama registrado la semana pasada en Sierras Chicas. Nadie mejor que él para responder la pregunta. Hace 23 años Raúl era el párroco de la tranquila localidad del noroeste provincial que fue arrasada por un alud de agua, barro, árboles y todo lo que encontró a su paso, incluso la vida de 42 personas. "Por esas cosas del destino", la tormenta que la semana pasada provocó un desastre en las Sierras Chicas, lo sorprendió en la ciudad de Villa Allende, como damnificado ocasional; y no le quedó otra –dice– que convertirse en un voluntario solidario. Pala en mano, con los pies en el barro, se queja: "En 23 años no ha cambiado casi nada". El olor que se percibe en las calles de Villa Allende y las marañas deformes de lodo, ramas, yuyos, raíces, chapas y hasta jirones de ropa, le recuerdan aquella mañana de enero cuando ninguna autoridad, comisión, comité o guardia, avisó que el arroyo Noguinet iba a crecer de una manera descomunal. Y a él se le ocurrió tocar la campana de la iglesia de un modo desesperado para que varios se salvaran."En Villa Allende tampoco nadie avisó; y si lo hubieran hecho a lo mejor se salvaban algunas vidas y varios bienes materiales". Visitante ocasional El domingo de la tragedia, Raúl, quien en la actualidad vive en Deán Funes, había llegado a las Sierras Chicas por cuestiones laborales. Y desde un stand de promoción del producto que vende pudo observar la cronología del desastre: "Vi cómo empezó a desbordar el arroyo; cómo los autos comenzaron a quedarse en las calles y a flotar; cómo los vecinos se arriesgaban a salvar a otros; y hasta vi cómo un empleado de la Municipalidad padecía la impotencia de querer hacer algo sin tener siquiera una batería de repuesto para su celular que no paraba de sonar". Esa noche, Raúl no pudo dormir. A pesar del cansancio por el estrés y por el esfuerzo puesto en la asistencia a algunos damnificados, los recuerdos de San Carlos Minas lo atormentaron. Con la primera luz del lunes, hizo una recorrida por la zona afectada y creyó estar nuevamente a metros del arroyo Noguinet y a pocos milímetros de las mismas sensaciones humanas de entonces: bronca, impotencia ante la desgracia de perder todo; dolor, tristeza."Creo que desde el Gobierno provincial tendría que organizarse como una 'política de Estado' la prevención ante las crecidas de arroyos y ríos, aunque estos parezcan insignificantes. La realidad ya nos ha demostrado que, cada tanto, los arroyitos pueden convertirse en aluviones tremendos". Desde la experiencia Martínez propone acciones puntuales: "Los comités de emergencia deben ser permanentes, y deben estar integrados por técnicos, profesionales y por los que hemos tenido experiencia en estas tragedias; ante el pronóstico de tormenta debe activarse un protocolo específico con alarma temprana". También propone conformar, en lo inmediato, una comisión que estudie todos los cursos de agua serranos de la provincia para disponer la relocalización de las viviendas que están construidas en las riberas o en los márgenes de los arroyos. "No hay que esperar más para sacar los árboles que dificultan los cursos del agua", y tampoco para "establecer un plan para reemplazar los vados por puentes más altos que no obstruyan el paso de las crecidas e inunden pueblos y ciudades".Recomendó que estas medidas sean reforzadas por leyes y ordenanzas, y también se refirió a los sitios para evacuados: "Deben establecerse con antelación. No puede ser que, por ejemplo, un salón parroquial no se abra automáticamente para recibir gente cuando una tormenta supera la normalidad".Por último, reclamó que la contención psicológica se extienda por varios años (no como en San Carlos Minas) porque los efectos del estrés postraumático se desatan con posterioridad."En algunas cosas se ha mejorado, pero otras, muy dolorosas, están igual: las internas políticas –se lamentó– siguen imponiéndose a las necesidades de la gente".
Siempre cerca de los que necesitan
Cura párroco. El 6 de enero de 1992, cuando ocurrió la tragedia de San Carlos Minas, Raúl Martínez era el cura párroco de esa localidad. Socorrió a damnificados, reclamó y organizó la ayuda para su gente, se peleó con los políticos que no cumplían con lo prometido y fue acusado de trabajar para la oposición.
Ida y vuelta. Dos años después del aluvión, Raúl se enamoró de una mujer y dejó de ser sacerdote. La relación no duró mucho tiempo y comenzó un lento y trabajoso redescubrimiento de la vocación sacerdotal que dio sus frutos en 2010, cuando volvió a celebrar misa con la anuencia de la Iglesia.
Cambio. Hace poco tiempo, a raíz de una serie de inconvenientes eclesiásticos (él los llama de "escasa fraternidad sacerdotal"), volvió a dejar el ministerio religioso. Actualmente, trabaja en la Cooperativa de Recicladores Recuperar-se y en otros proyectos sociales.

