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Pan de Azúcar, el final para un ícono

Se va, tal vez, para reencontrarse con su ­hermana, la Confitería Oriental; o con la risa de las maestras normales ­egresadas del colegio Carbó o el Garzón Agulla.

07 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
Pan de Azúcar, el final para un ícono

Al cielo de los clásicos cordobeses se le acaba de caer una estrella. No pude resistir la tentación de ir a ver el cráter que ese fenómeno extraordinario había dejado en pleno Centro. Y allí quedé, paralizado al comprobar que era cierto lo que decían las noticias. La confitería Pan de Azúcar ya no está. Fuera de la desnudez del local, que se deja ver sin atenuantes tras los cristales opacados de tristeza de su ­fachada, los carteles de "cerrado" de las puertas no aclaran "para siempre", pero uno más pequeño, en la vitrina central, agradece "a todos los clientes" en una clara ­señal de despedida final, un "adiós" que suena a defini­tivo en medio de un par de cajas de alfajores que se convirtieron en reliquia de la noche a la mañana.Las ciudades son así, pensé, a veces sin anunciar convierten, de un soplo, en pasado irreversible a ese presente que uno creía eterno. Nacerá allí, en diagonal al Cabildo Histórico, una ­herida cuya cicatriz perdu­rará por siempre en el paraíso que le ofrece la memoria como morada. Retrato imborrable Estará presente, no obstante, en las millones y millones de postales cordobesas que incluyeron su imagen, esas en las que dos por tres se ve algún que otro Torino, una Reno­leta y un par de Fiat 600 en plena "vuelta del ­perro", mientras la estatua del ge­neral San Martín le ­escapa en heroica retirada al ataque de tentación que le provocan los merengues con crema que destacan en la vidriera. Con la desaparición de esa confitería, pensé, se cierra un capítulo de la Córdoba que soñó con ser Capital, se manda al olvido a la ciudad que cobijó a niños vestidos de marinerito y a galanes con pantalones Oxford, pa­tillas largas y sandalias ­Skippy.Con el cierre definitivo de la Pan de Azúcar se acaba aquella Córdoba de los hoteles Crillón y Nogaró; se ter­mina la ciudad de las esferas de colores en la peatonal, de Abolengo y Vértice Musical, del 160 que te llevaba a Villa Warcalde. Viejas conocidas Allí se nos va la última integrante de una familia de íconos cordobeses a los que tal vez sólo sobreviva, por inmortal, La Cañada. Se va, tal vez, para reencontrarse con su hermana, la Confitería Oriental; o con la risa de las maestras normales egresadas del Carbó o el Garzón Agulla.La ciudad ya no pudo retenerla, la expulsó al crecer como la boca de un niño expulsa a sus dientes de leche. Por eso, si das una vueltita por el lugar, vas a ver que a la sonrisa de los recuerdos le falta ahora una pieza.