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“Los títeres son mi manera de ser feliz”

La titiritera es fundadora de grupos, compone obras, presenta funciones y ejerce la docencia para quienes desean aprender lo que es su pasión desde hace 33 años.

11 de diciembre de 2013 a las 12:01 a. m.
“Los títeres son mi manera de ser feliz”
Muñecos de la alegría. Graciela, inmersa en un mundo que la hace feliz y que alegra a muchos niños cordobeses (La Voz/Facundo Luque).

De repente, los caballitos y unicornios abandonaron la plataforma del pequeño carrusel de madera forrada, saltaron con gracia hacia adelante y comenzaron a conversar con los niños. Un elefante lila y un cervato color caramelo copiaron el movimiento de sus compañeros de giros y terminaron de despabilar la fascinación de los pequeños apretujados en las gradas del teatrino a la intemperie, ubicado detrás del Pabellón España de la Ciudad Universitaria. "Ese día, en ese lugar y con esa obra ( La calesita que quería vivir , de Enrique Orozco, Galia Kohan, Jorge Míguez y Aidé Andreone) sentí un embeleso tan intenso y profundo por los muñecos que mi vida, de allí en más, fluye por este mundo de ilusión y encanto que me colma de alegría y del que no me quiero bajar nunca más", señala Graciela Molina como punto de partida y rumbo de su pasión. Ella es la fundadora del grupo Los Títeres de Moñito y de La Casa del Títere. Este singular local abrió sus puertas hace una década en la esquina de La Rioja y Urquiza, en el centro de la ciudad de Córdoba. "Antes había hecho un intento en un local muy pequeño en la desaparecida galería Finocchietto, frente al Teatro San Martín, pero tuve que cerrarlo al poco tiempo porque los gastos eran muy altos y no me alcanzaba lo poco que producía para cubrirlos", recuerda con un dejo de melancolía.En esa ochava de revoque rancio y colorido, funcionan de manera permanente un museo interactivo de teatro de muñecos y talleres de construcción y manipulación de títeres para chicos y adultos. Además, se capacita a docentes en esta modalidad ancestral de expresión artística y se reciben, a diario, visitas pedagógicas de contingentes escolares. También se ofrecen funciones para todo público los sábados y domingos.La charla transcurre frente al retablo de la reducida sala de representaciones. Los fantoches de todas partes del mundo espían desde las vitrinas de cristal, mientras Pepito (un gato negro) soba su lomo en las pantorrillas del forastero. De cepa cuyana Graciela Molina nació en la capital de Mendoza el 8 de enero de 1959. Es la mayor de cuatro hermanos. Su papá, Ernesto, era fabricante de barriletes y su mamá, Marta, bibliotecaria y quizá"partícipe necesaria" en el arranque de la relación entrañable entre su primogénita y los peleles de trapo. "Ella siempre cuenta que cuando vivíamos en Mendoza solía llevarnos a ver títeres en Gath & Chaves y que yo disfrutaba como loca con las obras. Según dice, interactuaba todo el tiempo con los personajes... tengo recuerdos borrosos de aquellos momentos maravillosos de mi infancia", comenta.Gath y Chaves fue una tienda que, en 1883, abrieron en el microcentro bonaerense el santiagueño Lorenzo Chaves y el inglés Alfredo Gath. Al poco tiempo de su creación, la firma inauguraron sucursales en las principales ciudades del interior del país. En 1907 se instaló en Mendoza y cerró definitivamente sus puertas en 1971. En 1936 construyó su majestuosa casa propia en Buenos Aires esquina San Martín. Tenía calefacción central, una vidriera de 70 metros de largo y amplios salones en dos pisos. En un espacio anexo a la planta baja, había un espacio especialmente acondicionado para la recreación infantil donde se ofrecían teatro de títeres y golosinas a los chicos, mientras sus padres hacían las compras. –¿Cuándo comienza su carrera como titiritera? –En 1980, cuando nació el mayor de mis cuatro hijos. Tenía 21 y empecé a animar fiestas infantiles. Mi primer títere fue un ratoncito de tela cocida a mano y no muy prolijo que digamos. También hice unos payasitos que se bamboleaban todo porque los llené con telgopor y no tenían eje. Interpretó la obra de su autoría Panchita aprende a crecer , que cuenta la historia de una semillita aventurera que sólo desea recorrer el mundo mientras una lombriz amiga le aconseja enterrarse para comenzar a crecer. Pero ella sólo quiere jugar, volar y viajar... Jorge Miguez la acercó al Teatro Estable de Títeres, que él dirigía, cuando funcionaba en una sala amplia del Teatro del Libertador. Más tarde ingresó por concurso a ese cuerpo de artistas donde trabajó hasta que decidió probar suerte de manera independiente con su colega y amigo Carlos Torres, inseparable desde el inicio de la travesía artística.