Lo bueno de volver a casa
Como dice Enrique Pinti, los argentinos sólo apreciamos al país cuando estamos afuera. Rosa Bertino.
Como dice Enrique Pinti, los argentinos sólo apreciamos al país cuando estamos afuera. Acá, despotricamos de la mañana a la noche. Es una de las razones por las cuales medio planeta nos considera insufribles, y acierta. Más que de viajar, este año había ganas de rajarse, de tanta mala onda. Porque crisis hay en todas partes, incluso en países ricos, pero sólo en Argentina viene acompañada de sobreprecios. Mientras los demás abaratan las cosas, aquí aumentan. Enmendar ese mal crónico es parte de la revolución pendiente.
Lo mejor de irse es tener adonde volver. En esa inefable sensación radica el sentimiento de patria/hogar. Pues, esta vez, el regreso ha sido de brazos abiertos, con un matiz impensado. Nadie habla de Tinelli, el frío o la bronca de turno. Por el contrario, todos dicen "no sabés lo que te perdiste al no estar para el Bicentenario".
El relato de una muchedumbre celeste y blanca, que salió a celebrar la patria por la patria misma, sin que mediara un grito de gol, es más de lo que uno podía esperar de esta vida. Y de este país.
Palabra de pastor. Al parecer, tanto la izquierda como la derecha crónicas, sin desmerecer a los opositores profesionales, quedaron bastante descolocadas ante la visión de un pueblo abrazado a un imaginario común. Hasta hoy le siguen encontrando algún defectito a los fastos del 25 de Mayo. Otra comprobación de que más de uno tendría que ir por lo menos a la plaza, o tomar un ómnibus, para saber qué sienten aquellos a los que dicen representar o interpretar.
"Fue maravilloso, doñita, una señal del cielo A partir de julio, Argentina empieza a cambiar", asegura un veterano quiosquero de la peatonal. El hombre es pastor evangélico y cree con fervor que nuestro ser interior se está modificando de manera positiva. "Quedan muchas piedras en el camino, pero entre todos las iremos retirando".
Piedras y cascotes. La alegórica conclusión provoca suspicacias entre los improvisados oyentes del diariero. Como nunca falta un buey corneta, un señor quiere saber si se refiere "al casamiento gay". Mientras pregunta, posa la vista en los titulares referidos a la marcha evangélica, realizada en Buenos Aires, contra dicha unión. El predicador asiente y evalúa: "Ese cascote no es nuestro, pero el zapato, sí. Por este quiosco pasan cientos de personas. Pregúntenles qué opinan y sabrá cuántos están realmente a favor".
El corrillo se disuelve. Es preferible quedarse con la esperanza del cambio. Sólo uno reflexiona por lo bajo que cada día hay más evangélicos y menos católicos. Y que con los primeros no se mete nadie, aunque también tienen sus "historias íntimas". El Bicentenario nos encuentra unidos, pero sutilmente distintos. Y básicamente discutidores.

