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Infierno casi en primavera

Atravesar la ciudad, pasar por el Centro y alcanzar sus confines, era como cruzar una versión del infierno.

10 de septiembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Redacción La Voz
Infierno casi en primavera

Se sentía como una sed de desierto: las gargantas tragaban la sensación de un aire amargo, como con astillas de tierra, cenizas y esquirlas de estación hostil.

Atravesar la ciudad, ayer, pasar por el Centro y alcanzar sus confines, era como cruzar una versión de infierno casi en primavera, con los destellos rosados de los lapachos forzando una intención rediviva que naufragaba en un espeso mar de polvo.

Tanto calor, tanto sudor que ya sofocaba la sola incomodidad de estar de pie, se multiplicaba en las paradas de los colectivos que no pasaban, en las esperas en hospitales que se hundían en la frustración, en las calles cortadas que hacían tan lento el paso por un camino tan arduo; la mañana, el mediodía y la siesta pesaron como un ahogo de urbanidad aplastante.

Mientras tanto, desde los cerros, esos que avivan nuestra mirada cuando se cuelgan del horizonte, bajaban hilos de humo que se mezclaban en la espesura volátil.

Y detrás de ese humo se presentía el fuego sobre las sierras y entre la naturaleza acorralada; es decir, esa pesadilla que nos asuela cada vez que el invierno se retuerce de seco por estas latitudes y que, como siempre, también amenaza la vida de la gente.

Hoy la travesía se supone parecida.

Mientras tanto, en cada silencio de las almas cordobesas se sospechará una oración por la lluvia, la llave que puede abrir el cofre del alivio y rescatarnos de la pesadilla.