Historias de silencios y ermitañas
“El grupo se fue diluyendo, algunos se fueron a Roma, otros enfermaron, fueron quedando pocos y los mandaron a otras comunidades”.
“El grupo se fue diluyendo, algunos se fueron a Roma, otros enfermaron, fueron quedando pocos y los mandaron a otras comunidades”.
Eso dice Irene Ferreyra, exdocente de Santa Rosa de Calamuchita y asidua visitante del monasterio durante 29 años. “Recibían gente de todos lados, gente que necesitaba hablar o ser escuchada. Incluso personas no católicas. Muchos acudían buscando tranquilidad y silencio”, resumió.
Verónica Taglioretti, profesora de educación física, trabajó para un complejo turístico, a pocos kilómetros, y acompañaba con frecuencia a visitantes a la abadía. Recuerda la misa cantada y las historias que se contaban sobre una monja ermitaña, que vivió hace muchos años cerca de allí, en total soledad, recluida en una improvisada vivienda sobre una piedra. Armando Martínez, cuidador del monasterio, recordó que al enfermarse esa mujer fue trasladada al convento de las Mercedarias en Córdoba, donde falleció. Apuntó que le dejaban la comida en un sitio, donde ella la buscaba y que prácticamente no tenía contacto con la gente.

