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Gastar porque no queda otra

Muchos se pusieron al día y compraron todo lo que habían postergado en los años de la crisis. Laura González.

21 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Gastar porque no queda otra

Uno puede comprar algo porque en verdad lo necesita, porque cree que lo necesita o porque no le queda otra. Luego de la debacle de 2001, el aventón del crecimiento de la economía vino de la mano del consumo interno y de un Estado que –aprovechando la licuación de salarios y jubilaciones posdevaluación– impulsó el gasto público, apoyado en la tranquera de las resucitadas retenciones a las cada vez más valiosas exportaciones agrícolas. Muchos se pusieron al día y compraron todo lo que habían postergado en los años de la crisis. El ahorro, con la memoria fresca de la apropiación del corralito, no era una opción. Hacia 2007, comenzó a tallar la inflación. Tasas del 10 por ciento anual para un plazo fijo no seducían, como tampoco un dólar que, a 3,05, parecía haberse acomodado a una nueva convertibilidad.Comprar y pagar en 36 cuotas era un negocio redondo en un país que ya se quedaba sin estadísticas confiables para medir la inflación. La cuota al cero por ciento implicaba congelar precio y hacer una verdadera pichincha. El Estado siguió gastando, usando todos los fondos disponibles: el ahorro de las AFJP, las reservas del Banco Central, el superávit de la Anses.Pero ahora, el escenario cambió. Todas las cajas (o casi todas) se agotaron. Desapareció el superávit fiscal y, en muchas provincias, empiezan a hablar de ajuste, o de armonización, que suena más lindo. Se habla de retracción del empleo y de menor crecimiento. Entonces, comienza a tallar la incertidumbre y la familia ya es remisa a gastar todo.¿Pero bajo qué formato resguardar los pesos? El dólar siempre fue el camino menos sofisticado. Pero hoy, los únicos que acceden al cambio oficial son los turistas, que obtienen el permiso apenas 15 horas antes de viajar, y por un tercio de lo que piden. Entonces, la rueda del consumo que sostiene al modelo se retroalimenta con esos pesos que nadie quiere. La familia termina siendo socia forzosa, quemando sus ahorros no en lo que quiere o necesita comprar, sino porque no queda otra.